Áloe : plantas ornamentales y medicinales

Todo sobre el áloe, desde un punto de vista histórico, geográfico, hortícola y medicinal. Una planta suculenta que pertenece a la familia de las liliáceas.

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Traducción en español de Viviana Spedaletti

 

 

 

 

 

En julio-agosto, en pleno invierno austral, es difícil encontrar paisajes más bellos e insólitos que una ondulada sabana con bosquecitos de áloe en flor.

No crecen nunca aisladas y sobrepasan con vistosas inflorescencias los bajos arbustos y las escasas acacias del “bush” sudafricano.

Al amanecer, antes que aumente la temperatura y se despierten las abejas con sus terribles aguijones, son la meta obligatoria de pájaros polinizadores de diversos colores.

En posiciones acrobáticas, cabeza hacia abajo, buscan el néctar entre las intrincadas corolas del Aloe chabaudii, las ondulantes inflorescencias del Aloe petricola y del castanea y los grandes candelabros florecidos del Aloe rupestris, del excelsa, o del marlothii.

Los leones han merodeado toda la noche y ahora es el turno de las tímidas gacelas, de los facóqueros y de las jirafas, que miran con curiosidad estos extraños “ramos de flores” a su altura.

Imágenes de tonos cálidos, muy diferentes del África convencional que llevamos adentro.

Al sur de Namibia, en el Namaqualand, el paisaje cambia de repente.

Desértico por 9 meses al año, se transforma desde agosto en un gran jardín: un mar de flores desde las que surgen majestuosos, sobre los peñascos, dos gigantescos áloe arbóreas de corolas doradas: la dichotoma y la pillansii.

De joven el tronco de esta especie es derecho y liso como una columna, pero luego se ramifica y puede alcanzar los 10 m de altura y los 2 m de diámetro.

Pero qué es botánicamente un áloe?

Aunque a primera vista no lo parece, es una Liliácea.

Las flores, a menudo reunidas por centenares en inflorescencias en racimo, reflejando justamente a pleno las reglas de oro de esta familia: un perigonio cilíndrico formado por seis partes, seis estambres y un ovario súpero.

“Lirios fuera de norma”, entonces, que en lugar de refugiarse bajo tierra en un bulbo para transcurrir en letargo los meses adversos, acumulan el agua en hojas carnosas, dispuestas en roseta, en condiciones de hincharse y deshincharse como acordeón para hacer frente a largos períodos de sequía.

Una solución original para plantas a menudo de gran porte, obligadas a tratar con lluvias esporádicas y temperaturas estivales que rozan los 45º C.

Pero cuántas son?

Difícil decirlo, también porque naturalmente los áloe se hibridan fácilmente.

En una época se hablaba de más de 1.000 especies; hoy, luego de haber descubierto por lo menos 300 híbridos naturales, los botánicos se han puesto de acuerdo sobre casi 200 especies, el 90% sudafricanas, con algún representante en Madagascar, en el resto de África y en Arabia meridional; y se cree que las plantas espontáneas fuera de estas zonas han sido en su mayor parte introducidas por el hombre.

En la antigüedad, el interés por el áloe era precisamente enorme.

Conocidos por los griegos por las virtudes digestivas y laxantes (parece que su nombre deriva de “als” o “alos”, es decir “sal”, con referencia al jugo amargo que se extrae de las hojas), se difundieron rápidamente en India y en la cuenca del Mediterráneo por obra de los Fenicios, adaptándose tan bien, pareciendo a menudo autóctonos.

Por lo menos una docena de especies tienen inflorescencias, hojas o las semillas comestibles, y cuatro, el Aloe ferox, el Aloe barbadensis, el Aloe Africana y el Aloe arborescens, son cultivados aún hoy a gran escala para la industria farmacéutica y cosmética, con usos tradicionales en el campo dermatológico y digestivo, pero también de vanguardia, en el tratamiento de ciertas enfermedades oculares.

El Aloe barbadensis, conocido también como Aloe vera o Aloe vulgaris, es la especie más usada en cosmética.

Originaria al parecer de las Islas de Cabo Verde y de las Canarias, y tal vez espontánea en las regiones nororientales de la India, en Arabia meridional, en Sudáfrica, y en África oriental, se ha adaptado a la perfección en Sudamérica y en las islas del Caribe.

Los jugos de las hojas, bactericidas, fungicidas, analgésicos y antiflojísticos, tienen a menudo “efectos milagrosos” en las heridas y las quemaduras, gracias a una mezcla bien dosificada de principios activos que actúan paralelamente, por sinergia, reforzándose uno a otro.

Su cultivo requiere un clima seco y temperaturas elevadas entre los 19º y los 32º C, valores que en general se encuentran entre el paralelo 25º y el 28º, y el mayor centro de producción es Texas, con más de 2.000 hectáreas cultivadas y 60.000 toneladas de hojas por año.

Cuando los brotes laterales de las plantas madre alcanzan los 15 cm, son separados y enterrados a 50 cm de distancia. Luego se cortan los tallos florales, para no debilitar las plantas en inútiles producciones de semillas, y cuando las hojas, bien nutridas, alcanzan el peso de 450-750 gramos, y los 40-50 cm de largo, son cortadas al ras, dos o tres por planta, cada dos semanas.

Quitadas las orillas espinosas, son lavadas y cortadas en tiras finas para extraer el gel parenquimático, una sustancia mucilaginosa y viscosa.

Es la “materia prima” que agitada hasta la licuefacción, es luego concentrada y vendida liofilizada o como extracto oleoso.

Aquí, más de colocarla en plena tierra, al reparo de un invernadero o de un alero, difícilmente se podrá tener el lujo de convertirla en tiras para cataplasmas, o apretar como “pomos desinfectantes” las puntas de las hojas cortadas.

Mejor considerarla una planta ornamental exótica de flores amarillas, y usar quizás con este fin las hojas de la más rústica Aloe arborescens, de origen sudafricano, de hogar, a cielo abierto, en todos los jardines de la Riviera.

En el Medioevo era famosa por la cura de las quemaduras, y aún en tiempos recientes, en Sudáfrica, cada familia colonial la tenía en su huerta, al alcance de la mano, con el nombre de “burn aloe”. Todos conocen sus grandes matorrales, las largas hojas encorvadas con orillas espinosas, y las precoces flores rojo-coral que alegran en pleno invierno nuestros paseos de mar.

Una especie análoga, la salmdyckiana, quizás un híbrido entre la arborescens y la ferox, tiene inflorescencias más largas, agrupadas en candelabro.

En el Jardín Exótico de Mónaco ha soportado sin grandes daños, al aire libre, la nieve y los 5º C. En varios jardines de la Riviera, es fácil encontrar, a fin del invierno, también vistosas inflorescencias de la marlothii, de la dichotoma, y de la ferox, una planta de crecimiento lento, muy usada, además de la industria farmacéutica en la producción de aperitivos.

Especie precoz, resistente al frío, pero casi desconocida en los grandes jardines mediterráneos, es el Aloe speciosa, difundida en las montañas del Little Karoo no muy distantes de Ciudad del Cabo.

Sus flores, amontonadas en tupidos racimos, cambian de color madurando del rojo al blanco.

Pero los áloe no son sólo plantas con inflorescencia invernal. Los viveristas sudafricanos las ofrecen espectaculares en cada estación, y donde el clima lo permite, se podría colocar un “jardín de áloe” teniendo siempre una planta en flor.

Dos especies, la woolliana y la ciliaris, por otra parte, florecen con más ciclos, casi todo el año.

Esta última, bien adaptada en la Riviera, se reproduce fácilmente por esqueje de jóvenes ramas, y se presta muy bien, con su porte ramoso, para revestir muros y nichos.

Una especie análoga, para introducir, podría ser también el Aloe tenuior, con flores amarillas o, más raramente, color coral.

El cultivo de todas estas especies es muy fácil, pero no se debe olvidar que son plantas suculentas: toleran a menudo el frío (algunas especies crecen a grandes alturas, donde por algunas horas la temperatura puede descender también bajo cero) pero no la humedad.

El terreno debe ser por lo tanto bien drenado y durante el invierno en general no deben ser regadas. Las hojas deben por lo tanto secarse rápidamente y es mejor no rociarlas, porque el corazón de las rosetas tiende fácilmente a marchitarse.

En zonas poco apropiadas, como ser la Pianura Padana, los áloe son cultivados en maceta, para repararlos del invierno en una terraza luminosa.

Y aunque el Aloe arborescens da prueba de una robustez y una adaptabilidad excepcional, será mejor orientarse hacia especies de pequeño porte con hojas decorativas como el Aloe brevifolia o la variegata no superior a 30 cm de altura.

El terreno debe ser arenoso pero rico. Contrariamente a lo que se cree, en efecto, los áloe crecen en tierras muy fértiles y la falta de nutrición, junto al mal drenaje, está entre las principales causas de fracaso.

Todas las especies citadas hasta aquí requieren terrenos neutros, pero casi una veintena necesita suelos alcalinos y una docena de terrenos ácidos. Entre ellas la más famosa es sin dudas el Aloe plicatilis, difundida al sudoeste de Ciudad del Cabo.

Sus hojas, en lugar de en “roseta”, son opuestas y forman extraños “abanicos” muy decorativos. Alcanza los 3-4 m de altura, y habituada como lo es al frío y a las lluvias invernales, podría crecer fácilmente al aire libre en los cálidos jardines del sur.

Los áloe se multiplican por lo general separando los retoños basales, o con esquejes estivales de los brotes laterales del tallo. Se colocan en arena húmeda, después de haber dejado cicatrizar 2-3 días el tallo en un lugar cálido y seco, y el crecimiento de las raíces puede ser acelerado por hormonas, que se encuentran fácilmente en el comercio.

Las especies con una sola “cabeza” no se prestan naturalmente a esta práctica, pero si a causa de una helada el tronco es comprometido, se puede cortar al ras y volver a plantarlo más bajo.

Existe también el largo camino de la semilla.

Es necesaria una paciencia infinita, pero las plantas así obtenidas son por lo general más robustas y adaptadas a nuestros climas. A diferencia de los animales, en efecto, el mundo verde muestra una enorme variedad individual dentro de las especies, y entre los plantines en germinación, hay siempre uno “diferente”, más adaptado a las cambiantes condiciones ambientales.

Las semillas, contenidas en cápsulas coriáceas de varios tamaños, son esparcidas en primavera sobre tierra suelta pero sustanciosa, compuesta por 2/3 de buena tierra y 1/3 de arena. Se cubren con una capa de grava, que permitirá la circulación del aire, y los plantines se transplantan después de un año, cuando alcanzan los 2-4 cm de altura, con mucha atención, para no romper las frágiles y muy reducidas raíces.

© Giuseppe Mazza

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