Pingüinos australianos: por la noche, en Australia, desfilan en formación

Singular planificación de protección en Australia. El hombre afuera: la ciudad es de los pingüinos. En Phillip Island son los animales en dejar afuera de sus casas a los hombres. El estado ha destinado 12 millones de euros para expropiar villas y desmantelar sitios turísticos muy visitados que ponen en peligro la vida de los 20.000 pingüinos de la zona. Todas las noches el mini pingüino realiza un verdadero desfile, una formación nocturna de pingüinos que se llegan a los nidos bajo los reflectores. Son los más pequeños del mundo y luego de pescar en alta mar llevan la comida a sus polluelos que los esperan entre las dunas.

 

 

Traducción en español de Silvia Milanese

 

 

Quien posea una casa de fin de semana en Summerland, Australia, “a causa” de los pingüinos deberá venderla al Estado de Victoria antes del año 2000.

Faltaban todavía 14 años, pero Peter Dann, el biólogo de la Reserva de Phillip Island, 100 km aproximadamente al Sur de Melbourne, me explicaba sonriendo en aquél tiempo, que “todos se apuraban a hacerlo”.

Detiene el jeep e ilumina un lugar semejante a un puesto de control.

¿Ves aquella casa detrás de la barrera? Allá, luego del cartel, con las ventanas iluminadas. Será abandonada en los próximos días. Desde cuando han cerrado las cinco vías de acceso a Summerland, esto es desde el amanecer hasta el anochecer, la gente vive como “en estado de sitio” y piensa solo en preparar las valijas e irse.

Se trata en general, como dije al inicio, de casas de fin de semana, de turistas que vienen desde Melbourne para pasar un par de días y hacer surf en la parte más hermosa de la isla. Los locales en un tiempo, vivían tranquilamente, respetando los derechos de los pingüinos a punto tal de aceptar los nidos en las bodegas, en los patios, y hasta debajo de sus propias camas, pero después con el boom del turismo comenzaron los problemas.

Los Eudyptula minor o dicho literalmente “pingüinos enanos” o “pingüinos azules”, como los llaman los australianos, pasan todo el día en alta mar y regresan a la tierra firme solo al atardecer, cuando oscurece para reproducirse y dar de comer a sus pichones.

Entre incertidumbres y temores atraviesan las calles con su típico movimiento de bamboleo, hasta llegar a sus nidos y, encandilados por las luces de los vehículos, terminan regularmente embestidos por los turistas ansiosos por llegar a destino. El pingüino macho que no sabe vivir “viudo” espera por 10 ó 15 días en el nido, arriesgando su vida por falta de alimento, y aunque los huevos rompan y nazcan los polluelos no puede dejarlos solos y partir en busca de alimento.

En los últimos 100 años el número de pingüinos en Phillip Island se redujo en un quinto. De aquí nació la drástica decisión de crear para el año 2000, una gran reserva, solo para éstos animales en el sector occidental de la isla.

El estado, continúa Peter, gastará mas de 15 millones de dólares australianos, aproximadamente 20 mil millones de liras o, traducido a moneda actual 12.450.000 €, para expropiar 180 casas de fin de semana y 770 terrenos edificables, comprados en los años anteriores para la instalación de carpas, bungalows, campers y casas pre fabricadas.

Luego de circular por una calle poceada, no asfaltada, llegamos al gran estacionamiento de la reserva, que ya estaba ocupada por una docena de grandes ómnibus y centenares de autos. Algunas tardes, en diciembre y en enero la cantidad de turistas alcanza casi las 4000 personas, lo que hace un total para el año 1984 (año de la investigación) de 380.00 personas.

Me lagrimean los ojos por el viento helado que viene desde el mar y caminando llegamos a una pasarela de madera que está colocada sobre las cuevas que sirven de refugio a los pingüinos, la playa de la “Penguin Parade” donde alrededor de 2000 personas esperan desde hace aproximadamente una ora el gran desfile de los pingüinos, corriendo el riesgo de mojarse con la lluvia que amenaza. Han llegado temprano, con gruesas camperas rompe viento, con termos de bebidas calientes, y frazadas de lana, para lograr los mejores lugares sobre los escalones y en dos espacios cerrados por cuerdas ubicados en la rivera del mar.

Un estricto servicio de seguridad y orden controla que nadie pase la contención mientras un altoparlante recomienda, en más de un idioma, no usar flash y trata de mitigar la espera con noticias sobre el pingüino más pequeño del mundo que no supera los 33 cm y pesa como máximo dos kilos.

De repente entre las olas se ve que algo se mueve. Bajo los reflectores los pingüinos enanos aparecen por un instante desorientados y parecen querer volverse atrás. Luego de varias falsas partidas, esto es algo típico de los “desfiles”, la cantidad de estos animalitos se duplica y haciéndose coraje entre ellos, finalmente se deciden y sin girarse, en grupos ordenados, atraviesan lentamente la playa con el garbo y la solemne profesionalidad de una cantidad de soldados en desfile.

Finalmente las “escuadras de soldados” se dispersan en la vegetación entre las dunas, y cada uno se dirige rápidamente a su nido, guiado por el piar de los pichones y del grito de llamado de su propio conyugue. Cada individuo tiene un solo timbre de voz y, aunque parezca increíble, los pingüinos azules de Australia poseen una especie de lenguaje.

En general “uap, uap, uap” quiere decir: “aquí estoy” y existen por lo menos tres sonidos diferentes para expresar altos niveles de agresividad desde el “uuhuurr, uuhuur, uuhuur” hasta el “weerr, weerr, weerr”. Pero al contrario de los anteriores tienen otro sonido que emiten cuando están pronto para el apareamiento, y suena: “whii-huuuu, whii-huuuuu”.

Pregunto: ¿es verdad que, como se puede leer en los libros, los pingüinos enanos son felices toda su vida?

La devoción, o sea la fidelidad recíproca que manifiestan –dice Peter- es del 80% cada estación. Cada año aproximadamente el 20 % cambia de compañero ya sea porque éste ha muerto, se ha perdido en el mar o no se han podido acostumbrar a los períodos de tiempo para la atención de los polluelos en los respectivos huecos donde se encuentran los polluelos.

De este modo, en cinco años todos los pingüinos deberían haber cambiado conyugue y en los diez años de su existencia por lo menos se “casarían” dos veces.

Estos datos son exactos –continúa Peter- deducidos de las patentes de reconocimiento, visibles sobre el ala de casi todos los pingüinos. La marcación o anillado es una de nuestras actividades más importantes. Este trabajo lo comenzamos en el año 1968 por iniciativa del VORG (Victorian Ornithological Research Group) y nos dimos cuenta rápidamente que el tradicional anillo en las patas no funcionaba bien ya que las piernas son cortas y gordas. Se eligieron entonces las cintas de metal, de 6 mm de altura, que se cerraban en la base del ala en el punto en el cual esta se ensancha para formar una aleta. Se le colocaron también a los polluelos y perduran, en general, para toda la vida.

Fue así que se descubrió que una hembra de la reserva se reproduce a la edad de 21 años y que los jóvenes, luego de dejar el nido, cumplen increíbles y numerosos traslados.

Un pichón de tan solo 13 semanas fue encontrado en la Isla de los Canguros a más de 900 km de distancia. No se sabe aún porque emigran tan lejos porque en este lugar los peces abundan, incluyendo el sector delante de la reserva, y se están haciendo estudios al respecto.

Un grupo de trabajo coloca radiotransmisores a los jóvenes y adultos, siguiéndolos con una barcaza, y otro grupo captura a los pingüinos y los hace vomitar, obligándolos a beber mucha agua para descubrir qué es lo que comen. Luego, cuando conocemos con exactitud sus hábitos y cuáles son las presas que prefieren para alimentarse, consideraremos, si es necesario, poner en vigencia una ley donde se explicite los métodos de pesca.

También se ha descubierto que la mortalidad de los pingüinos enanos de Australia es enorme en los primeros tres años de vida, esto es antes que el animalito alcance la madurez sexual. La mayor cantidad mueren porque caen al mar y su inexperiencia o el mal tiempo hacen el resto, pero también las muertes se producen en tierra firme, porque además de los turistas, que resultan también peligrosos, los esperan otros desafíos. Gatos y serpientes atacan sobre todo a los más pequeños y los zorros hacen increíbles estragos en los más adultos.

En una sola noche, continúa el relato, un zorro puede matar entre 30 a 40 ejemplares sólo para divertirse porque en realidad devora dos o tres. Entonces para proteger a los pingüinos, decidimos terminar con los zorros entre los años 1983 y el año 1984, en la misma reserva hemos eliminado más de 50 y en el año 1985, por primera vez, el número de pingüinos no disminuyó.

Pero, ¿cuántos son? Pregunto con curiosidad.

Por lo menos 20.000 de los cuales 10.000 están en edad de reproducir y 10.000 por debajo de los tres años. Pasan el invierno en alta mar cazando anchoas y calamares y entre agosto y diciembre, o sea en la primavera-verano austral, aproximadamente 5.000 parejas hacen sus nidos en la reserva.

Realizan pozos profundos hasta de dos metros o se acomodan bajo los arbustos, rocas o en reparos realizados por humanos. Tienen la necesidad de vivir reparados porque sufren enormemente el calor y durante el día en Phillip Island la temperatura puede llegar a los 50 °C.

Por este motivo regresan a tierra firme solo de noche y hacen los nidos bajo tierra. En sus “cuevas” muy bien hechas, la temperatura sube como máximo a los 21° C, pero las parejas inexpertas, que hacen los nidos bajo los arbustos se arriesgan con temperaturas entre los 43° y los 44° C. En estos casos los adultos se sienten obligados a refugiarse en el mar y los pequeños, abandonados, dan vueltas desesperados por la reserva.

Interviene entonces un grupo especial de voluntarios bien adiestrados que alimentan con pescado fresco a los pequeños dispersos y ayudan a los adultos que quedaron sin pareja o en dificultad para alimentar a los polluelos.

También hay “cuevas artificiales” con un techo que es posible abrir y que ofrecen un alojamiento seguro a las jóvenes parejas en busca de casa y facilitan la observación, el anillado e el estudio de los pingüinos.

Para verlos, regreso el día siguiente, luego que Mr. Peter Thomas (el administrador de la reserva, no confundir con Peter Dann, que es el biólogo) me hubiese prometido por teléfono la asistencia de un baqueano.

Esta vez, me estaba esperando en el ingreso una bella muchacha rubia en mini short a la que le pregunto, confundiéndola con una guía, - ¿donde está mi baqueano? – “Soy yo” respondió mostrándome con orgullo y desenfado el escudo con la insignia del pingüino sobre el prendedor, y mientras pienso que he quedado mal, me acompaña sonriendo a la reserva.

Con el sol puedo ver muy bien la playa, las dunas y el entrecruzarse de pasarelas que corren sobre las cuevas de los pingüinos. Con una agilidad sorprendente Miss Claire Speedie, mi sexy baqueano, ya está abajo y me recomienda de estar atento en el lugar donde coloco el pie, mientras cargado de aparatos, flash y un golf enganchado a la cintura al estilo “Fantozzi”, intento descender.

Me precede, sin temor a las serpientes, por un sendero demarcado por los pingüinos debajo de los arbustos, se inclina de tanto en tanto, para mostrarme los nidos. Alcanzamos, un espacio abierto apartado entre las dunas, algunas cuevas artificiales. Están hechas en madera, con un túnel de acceso de un largo aproximado de medio metro, y una cobertura factible de ser abierta. Algunos termómetros colocados alrededor, indican la temperatura máxima y la mínima del día.

Claire me explica que aquí el tiempo es muy variable: en 24 horas se pude pasar dos veces del verano al invierno. Se muestra contenta al saber que vivo en Montecarlo, porque su nombre es de origen francés y sueña, un día y otro, poder visitar el Principado. Mientras preparo mi cámara fotográfica, la Hasselblad, me recomienda realizar pocas tomas para no perturbar a los pingüinos que están empollando y levanta la cubierta de una de las casitas.

He aquí la sorpresa: en el lugar de un pingüino, nos encontramos con una asustadísima Berta ( Puffinus Tenuirostris ) con un huevo, es un pájaro marino que frecuentemente ocupa las cuevas de los pingüinos enanos.

Los pingüinos normalmente ponen dos huevos, me explica Claire, los padres los empollan cada uno a su turno y la eclosión se produce luego de 33 a 38 días de incubación. Luego para los pingüinos comienza el período más duro de “cargar y alimentar”: antes del amanecer y por turno dejan el nido para ir a pescar, regresando cansados, por la tarde, cargados de peces para la alegría de los turistas.

Esto sucede desde hace milenios, pero ¿cuándo se transformó en un espectáculo?

Claire, sonríe un poco incómoda, es demasiado joven, pero le han dicho que todo comenzó hace 50 años cuando al romántico claro de luna, la gente venía, con antorchas y linternas a ver a los pingüinos.

Luego agregaron los reflectores, las pasarelas, las escalinatas y el comentarista, pero el espectáculo, perfectamente natural, quedó como siempre fue. Al final, dice, no hemos hecho otra cosa que acostumbrar a las aves a la luz de los reflectores.

© Giuseppe Mazza

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