Boswellia sacra

Familia : Burseraceae

 

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Texto © Prof. Giorgio Venturini

 

 

Traducción en español de Ignacio Barrionuevo

 

 

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El incienso (Boswellia sacra) es un arbolillo de 2-8 m, cada vez más raro en estado silvestre, presente sobre todo en pendientes rocosas de zonas desérticas en Somalia septentrional, Yemen sudoriental y Omán meridional © Gianfranco Colombo

El árbol del incienso ( Boswellia sacra - Flueck 1867 ) es una especie casi amenazada (NT según la Lista Roja de 2008 de la UICN) presente en Somalia septentrional, Yemen sudoriental y Omán meridional, lugares en los que crece en bosquetes áridos predesérticos, principalmente en laderas rocosas calcáreas y en tierras baldías.

El hábitat preferido son los escarpes montanos orientados hacia el mar, que en verano están envueltos en la niebla resultante de la fuerte evaporación estival del agua marina. La niebla, con su humedad, favorece el crecimiento de una rica flora a pesar de la reducida precipitación (oasis de niebla).

El nombre del género Boswellia honra la memoria del botánico escocés Johann Boswell, que describió la planta, mientras que el epíteto específico sacra deriva del latín “sacro”, por los usos tradicionales de carácter religioso dados a la resina extraída de la planta.

Este género, perteneciente a la familia de las Burseraceae, incluye alrededor de 30 especies de distribución africana y asiática.

Para la producción de incienso son usadas también Boswellia frereana, de Somalia, Boswellia papyrifera, de Etiopía y Eritrea, y Boswellia serrata, presente en India, aunque la resina producida por estas especies no es tan apreciada como la de Boswellia sacra.

Entre los nombres vulgares, además del de árbol del incienso (del latín medieval “incensus”, participio pasado de “incendere” = quemar, por lo que significaría “quemado”), encontramos, referidos también a la materia prima extraída, franquincienso (incienso “franco”, “verdadero”, para distinguirlo de las múltiples resinas perfumadas conocidas como “incienso”; es menos probable la derivación de “incienso de los francos”, ya que su uso en occidente habría sido llevado por los que volvían de las cruzadas, denominados, en general, francos) y olíbano, del árabe al-lubán (“la leche”) o, quizás, del latín “oleum libani”, como es también sugerido por el antiguo nombre griego “libanotos” (λιβανωτός).

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Rama con hojas y frutos en diverso estado de maduración. Son cápsulas de alrededor de 1 cm con 3-5 semillas © Gianfranco Colombo

Boswellia sacra es un árbol caducifolio de entre 2 y 8 m de altura.

Presenta uno o más troncos ramificados desde muy abajo, con ramas que tienden a plegarse hacia abajo.

Su corteza es papirácea, con facilidad para descamarse. Frecuentemente el tronco, sobre todo en los ejemplares que crecen en pendientes rocosas, presenta en su base un engrosamiento pulviniforme que aumenta la superficie de apoyo y facilita la estabilidad de la planta.

Las hojas son compuesta e imparipinnadas, con entre 6 y 8 parejas de foliolos opuestos y un foliolo apical, agrupadas en el extremo de las ramas.

Las flores, de alrededor de 7 mm, tienen un cáliz verde y 5 pétalos blanco-amarillentos, dotadas de un ovario y 10 estambres, y forman inflorescencias en racimos axilares.

Presentan un disco nectarífero de color amarillo que al madurar vira al rojo.

El fruto está formado por una cápsula de alrededor de 1 cm de longitud con entre 3 y 5 semillas.

Por las heridas de la corteza emana una abundante resina aromática con funciones protectoras y antisépticas.

La planta comienza a producir el incienso a partir del tercer o cuarto año de vida, pero la cosecha solo es buena a partir de los 10 años. Técnicas de recolección iguales a las practicadas actualmente fueron ya descritas por el botánico griego Teofrasto hacia el 300 a. C.

Los recolectores, sobre todo durante la estación del monzón, practican incisiones en las ramas inferiores del tronco de las que brota una resina blanquecina que se une para formar gotas en forma de lágrima que, tras alrededor de dos meses, son suficientemente grandes y endurecidas como para ser retiradas.

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Las flores tienen 10 estambres y un vistoso pistilo en el centro de un disco nectarífero amarillo que al madurar se hace rojo. Miden alrededor de 7 mm, con 5 pétalos blanco-amarillentos, en largos racimos axilares © G. Colombo

Para obtener un producto de la mejor calidad las incisiones se repiten tres veces y se recoge solo la resina obtenida tras la tercera. Para la recogida la resina puede ser rascada de la corteza o cogida del suelo, donde ha terminado por caer.

Tradicionalmente la resina es conservada en el interior de cuevas para su envejecimiento. El producto es seleccionado en base a su opacidad, siendo la mejor resina la más opaca.

Cada árbol puede producir varios kilogramos de resina al año. La producción anual de incienso se ha estimado en varios miles de toneladas. Una recolección excesiva debilita el árbol, reduciendo la producción de flores y de semillas y además las cabras y los dromedarios al comer sus hojas pueden producir más daños.

Historia

El incienso tiene una larguísima historia por sus usos medicinales, cosméticos y rituales. Su comercio se remonta a hace más de 4000 años aunque, a mediados del siglo XIX, en Europa el árbol era desconocido y se pensaba que la resina derivaba de una sabina de Oriente Medio.

Los egipcios importaban el incienso de la tierra de Punt, esto es, Somalia, y en el Antiguo Testamento encontramos numerosas citas de su uso y su origen en el antiguo reino de Saba (probablemente el actual Yemen) de donde la célebre reina lo habría llevado como regalo a Salomón (se dice que el bellísimo “Cantar de los cantares” bíblico narra el amor del gran rey por la mítica reina).

En la antigüedad el centro del comercio del incienso era la perdida ciudad de Ubar (probablemente correspondiente a la ciudad de Shisr, en el actual Omán), colocada junto a la “ruta del incienso” o “ruta de las especias” que unía el Cuerno de África y Arabia con los puertos mediterráneos del Levante y la India. Aunque en tiempos de Homero el incienso probablemente no era conocido para los griegos, el historiador Heródoto (siglo V a. C.) conocía bien sus propiedades y su origen, aunque estaba convencido de que su recolección era muy peligrosa a causa de serpientes venenosísimas que defendían la planta.

Esta idea de la peligrosidad en la cosecha continuó circulando durante largo tiempo, quizás difundida por lo comerciantes para justificar el alto precio de la resina que, literalmente, era vendida a peso de oro. Se dice que en Roma, Nerón, para el funeral de su mujer Popea, habría comprado el equivalente de la producción de un año entero de incienso proveniente de Arabia (curiosa forma de manifestar el afecto por parte de quien, según Tácito, la habría asesinado con un puntapié en el vientre encinto).

Usos del incienso

Es difícil hablar de las propiedades y del uso del incienso en Asia dado que el término incienso es vago y se refiere frecuentemente a humos producidos por mezclas de resinas y maderas fragantes como el sándalo. Aquí nos referiremos al incienso verdadero, o franquincienso u olíbano, resina de la Boswellia sacra, y no a las mezclas de resinas y maderas aromáticas utilizadas para preparar las varas de “incienso” distribuidas en comercios.

Usos sacros y mágicos

Muchos pueblos han hecho y siguen haciendo uso de los humos de incienso en sus ritos religiosos: entre los más cercanos culturalmente podemos recordar a los sumerios y los babilonios, que consideraban que el incienso era capaz de aplacar a las divinidades, y los egipcios, para quienes el incienso estaba estrictamente dedicado a los cultos para los difuntos, pensaban que las gotas de resina del incienso eran las lágrimas de los dioses.

Los hebreos hacían amplio uso del incienso en sus liturgias así como lo usaban como perfume (véase en el Antiguo Testamento el salmo 141, “Suba delante de ti mi plegaria como el incienso”, y sobre todo en el Cantar de los cantares).

En lo que respecta a Grecia, Safo (ella misma era sacerdotisa de la diosa), en el siglo VII a. C., a propósito del culto a Afrodita escribe: “Venid al templo sagrado de las vírgenes donde es más grato el bosque y por los aires humea el incienso. Aquí fresca el agua murmura entre las ramas de los manzanos: el lugar está a la sombra de los rosales, del susurro de las hojas desciende una profunda quietud”.

El incienso está también relacionado con el mito del fénix, y Ovidio, en sus “Metamorfosis”, nos dice: “El fénix… no de fruta o de flores vive, sino de incienso y aromáticas resinas. Tras haber vivido quinientos años, con las frondes de una encina un nido en la cima de una palmera se construye, lo rellena con nardo de espiga y con canela y rubia mirra lo cimenta, a sí mismo encima se impone, y finaliza entre aromas la edad suya”.

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De incisiones en el tronco se saca la resina, materia prima del incienso © Gianfranco Colombo

De los hebreos el uso litúrgico se transfirió al cristianismo, sobre todo al católico y al ortodoxo.

En el cristianismo el incienso está también relacionado con la historia del nacimiento de Cristo, con los regalos de los Reyes Magos, uno de los cuales era precisamente incienso, símbolo de divinidad, junto con el oro, símbolo real, y la mirra, símbolo de la naturaleza mortal, y por tanto humana, de Cristo.

Es probable que el amplio uso de los humos de incienso en las liturgias esté relacionado con sus propiedades farmacológicas capaces de contribuir a la exaltación espiritual asociada con estos eventos y, por tanto, facilitar el contacto con la deidad.

Por lo demás, en todo el mundo chamanes y sacerdotes de todas las culturas hacen desde tiempos remotos uso de drogas psicoactivas para alcanzar el estado mental idóneo para el rito, basta pensar como ejemplos en el peyote, el ayahuasca, los psilocybe, el cannabis o el propio tabaco.

Tratemos de recordar a la mente una escena que muchos de nosotros habremos vivido: una iglesia inmersa en la oscuridad, iluminada solo por las llamas oscilantes de los cirios, con la arquitectura gótica que en la altura se desvanece en la oscuridad, como tendiendo hacia el cielo.

El oficiante, hierático en sus preciosos hábitos, va salmodiando palabras incomprensibles, mientras que de los escaños ocupados por los monjes cubiertos por sayos y con el rostro oscurecido por las capuchas nos llega la monodia de los salmos gregorianos, los incensarios oscilan emanando nubes de humos perfumados de incienso.

Incluso para un no creyente es muy difícil sustraerse a la sugestión de esta atmósfera mística que nos acerca a la meditación y a lo divino. ¿Pero la psicofarmacología no tendrá también un papel en esta escenografía?

Estudios recientes han demostrado que uno de los componentes del incienso, el acetato de incensol, estimula unos receptores en el cerebro, llamados TRPV3, reduciendo la ansiedad y la depresión y provocando sensaciones placenteras y relajantes.

Además de esto, otros componentes del humo como los ácidos boswélicos inducen una mejora en el aprendizaje y la memoria.

Estos efectos farmacológicos del incienso dan una base biológica para las tradiciones culturales profundamente arraigadas en tantos pueblos.

Usos tradicionales

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Quemador de incienso y gránulos listos para usar tras el necesario envejecimiento en cuevas. La mejor resina, presentada en polvo, es la más opaca © Giorgio Venturini

El incienso tiene un uso muy amplio en la medicina tradicional, que usa, además de la resina, prácticamente todas las partes de la planta. Muchos de los usos tradicionales encuentran un buen apoyo en los conocimientos modernos sobre las propiedades farmacológicas del incienso. Solo a título de ejemplo puede recordarse su uso para afecciones del sistema respiratorio y digestivo y para enfermedades de la piel. En particular, según un uso tradicional de Oriente Medio, la resina es masticada para tratar molestias gastrointestinales (tragarla, no obstante, puede dañar el estómago).

Para la mastitis se aconsejan aplicaciones de la resina fresca hervida en leche de la paciente, mientras que la corteza molida está indicada para heridas y quemaduras o también como antiséptico para los ojos, y la resina es también masticada para combatir el dolor de dientes y para reforzar las encías. El aceite esencial se considera útil para las picaduras de escorpiones.

En caso de fracturas óseas se recurre a la inmovilización con tablillas de madera de árbol del incienso fijadas con vendas impregnadas en resina.

En el Cuerno de África se solía quemar incienso durante el parto y después durante 40 días más a fin de proteger a la madre y al neonato. Se recurre también a los humos de la resina como repelente para insectos nocivos y, en general, para hacer salubres los ambientes y desinfectar la ropa y recipientes para bebidas.

Es más curiosa una receta para la epilepsia a base de resina mezclada con vino blanco y pulmones de liebre.

Usos no convencionales

Uno de los usos más curiosos es el del reloj de incienso chino (siglo IX o X), formado por polvo de incienso dispuesto formando un complicado dibujo: una vez encendido este polvo se iba quemando lentamente y podía calcularse la hora observando a dónde había llegado el fuego.

Una alternativa era la alarma de incienso japonesa: en este caso, cuando el fuego llegaba a cierto punto incendiaba un hilo, haciendo caer un peso. Hasta el siglo XX algunas geishas usaban estas alarmas perfumadas para medir el tiempo dedicado a un cliente.

Farmacología del incienso y medicina moderna

Los principales componentes del incienso, desde un punto de vista sobre todo terpenos, son resinas, gomas, ácidos boswélicos, acetato de incensol y felandreno. Entre estas sustancias, de especial interés farmacológico son los ácidos boswélicos y el acetato de incensol.

Los ácidos boswélicos, en particular el AKBA (ácido 3-O-acetil-11-ceto-β-boswélico), según diversas investigaciones modernas están dotados de una importante actividad antiinflamatoria, especialmente útil en el tratamiento de enfermedades inflamatorias crónicas.

La Boswellia se utiliza actualmente con éxito en pacientes con colitis ulcerosa o con enfermedad de Crohn y para otras enfermedades inflamatorias crónicas en bronquios o en articulaciones. Un aspecto importante de la actividad de los ácidos boswélicos es su mecanismo de acción, distinto del de los antiinflamatorios tradicionales y, según parece, carente de los efectos colaterales perjudiciales para la mucosa gástrica. Las hojas además tienen actividad diurética sin efectos tóxicos para los riñones.

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Resina amarilla para mascar en la boca, como un caramelo, para diversas patologías y refrescar el aliento. Tiene un agradable sabor dulzón, pero los residuos no deben ingerirse © G. Colombo

Ya hemos mencionado los importantes efectos del acetato de incensol sobre el sistema nervioso, que lo hacen una sustancia capaz de reducir la ansiedad y la depresión y de mejorar el aprendizaje y la memoria, actuando sobre determinados receptores del sistema nervioso.

Nuevos estudios demostraron que el incensol es capaz de afectar a las funciones del eje hipotálamo-hipofisario y de regular la expresión de ciertos genes en el sistema nervioso provocando efectos beneficiosos en el comportamiento, potencialmente útiles en el tratamiento de patologías de tipo depresivo.

Gracias también al felandreno contenido en la resina los humos del incienso son también eficaces repelentes de insectos.

A propósito de los humos del incienso se deben, no obstante, recordar los posibles efectos negativos: aunque la exposición a los humos puede ser beneficiosa en muchos aspectos, se deben también considerar los daños genéricos provocados por la inhalación de humos, como un aumento del riesgo de rinitis.

Algunos estudios sugieren que la exposición prolongada podría tener también un efecto mutágeno y cancerígeno, pero debe tenerse en cuenta que se trata de un estudio llevado a cabo en relación a varas de “inciensos” orientales, cuya composición química es distinta a la de la resina pura de la Boswellia.

En cualquier caso, los peligros derivados de exposiciones prolongadas y repetidas no deben infravalorarse.

Perfumes y cosméticos

Además de los usos medicinales, el humo de incienso desde la antigüedad es usado como perfume (la palabra perfume deriva del latín “perfumus” = mediante el humo).

Ropas y enseres, como recipientes para bebidas, son expuestos a los humos tanto para perfumarlos como para desinfectarlos, prácticas todavía comunes en Somalia, donde los granos de resina son quemados en un quemador tradicional, llamado dabqaad o girgire, tallados en una piedra blanda, la sepiolita o espuma de mar (filosilicato) o también en esteatita, dependiendo de las regiones.

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El humo del incienso quemado favorece el contacto místico y entra en liturgias de muchas culturas. Pero puede ser también un momento de convivencia como en esta pintoresca cafetería de la meseta etíope © Gianfranco Colombo

Los aceites de incienso son usados para preparar industrialmente perfumes y jabones y la resina pulverizada, mezclada con ceras, aceites, polvo de galena (sulfuro de plomo, de color gris oscuro) y otros ingredientes es usada para preparar el kajal o kohl, maquillaje para los ojos usado desde la más remota antigüedad para decorar los párpados.

Los egipcios, por ejemplo, hacían amplio uso de este, como nos muestran las representaciones pictóricas que presentan los ojos fuertemente delineados.

El Kajal es todavía usado en Oriente Medio y en África septentrional, ya sea con fines decorativos o como protección para los ojos contra infecciones y se acostumbra a aplicarlo en los ojos de los niños desde el nacimiento.

Nerón, conocido vicioso pero también vanidoso, usaba una pomada hecha con incienso y cera para esconder las bolsas bajo los ojos tras una noche de lujuria.

Un último uso curioso del incienso es el sugerido para encontrar marido, que incluye la quema de incienso y al mismo tiempo escribir y recitar el salmo 45 de la Biblia, estando bajo un granado.

Sinónimos: Boswellia carteri, Boswellia undulatocrenata, Boswellia bhaw-dajiana.

 

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El archivo fotografico de Giuseppe Mazza

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