Pez rojo: apareamiento y reproducción

Y el pez se transformó en rojo. La apasionante historia verdadera de un animal inventado. Todo sobre el pez rojo. Espectaculares fotografías del apareamiento y de la eclosión de los huevos.

 

 

Traducción en español de Silvia Milanese

 

 

Cualquiera puede reconocer fácilmente en primavera una hembra de pez rojo adulta. Está pletórica de huevos, y de frente aparece más redondeada, más inflada que los machos, que presentan además, sobre las branquias e el rayo duro de la aleta pectoral, alguna protuberancias corneas, algo así como perlas, para inducir a la compañera a poner sus huevas , con excitantes caricias o rudas raspadas.

Con la idea de reproducirlas algún día, y sobre todo para fertilizar un filodendro de 12 m2 que vive desde hace años en simbiosis con dos acuarios de 400 litros, había comprado cuatro años atrás, tres pequeños peces de color oro y fuego; con “tres colas”, como decían mis niñas, tres mosqueteros hambrientos, siempre listos a combatir por un trocito de carne o un grano de arroz hervido, que muy pronto nos habría revelado el sexo, y de los cuales estaba esperanzado en aislar una pareja.

Al más oscuro, casi negro, lo habíamos bautizado Nerón, luego estaban Monsieur Rose, que era el nombre de nuestro vecinos del piso superior, con una especie de capa naranja rosada, y Reina, roja con algunas manchitas negras, que crecía a la vista, devorando todo antes que nadie, con una gracia y autoridad de estilo real.

Nerón murió un día de improviso, quizás por una indigestión, quizás de un infarto, y desde entonces Monsieur Rose, que seguía creciendo, que se rebeló una Madame comenzó a pelear con Reina.

Y debimos separarlos en dos acuarios, con las aletas destrozadas, luego de una enérgica desinfección con azul de metileno.

Pasaron los meses y un en el mes de abril, Reina, aún estando sola, recubrió el musgo de Java del acuario con centenares de huevos repitiendo la operación en el mes de mayo.

Cosa extraña, no se los comía, como comúnmente hacen las carpas, pero los vigilaba con el celo de un cíclido, desilucionada del hecho que no nacía nada.

“Vamos papá, búscale un marido”, repetían mis hijas a coro, y nació así la idea de un reportaje: viajar a Bolonia, donde desde hace más de 100 años se crían peces rojos, fotografiar una piscicultura modelo, y volver con machos adultos para Reina y los huevos fecundados, al menos para salvar el servicio jamás se sabe que puede pasar esto en el caso que los pretendientes pudiesen no gustarle.

Llamé por teléfono a Nerio Brintazzoli, un viejo amigo del Euraquarium, un mayorista italiano de peces exóticos, dejé las niñas con los abuelos de más de ochenta años, y acompañado de mi esposa cosa que no hacía desde hacía 9 años debido al cuidado los hijos, (he contado con otros asistentes), llegamos a Bolonia.

Cuando viajaba por Sudáfrica, Australia o por el mundo, siempre me resultaba fácil encontrar voluntarios, estudiantes de biología o naturalistas que podían estar afuera hasta un mes, pero los peces rojos en Bolonia en el mes de mayo no llamaban la atención a nadie.

El criadero del Carassius auratus en Emilia, me explicó rápidamente Nerio Brintazzoli, tuvo su origen en la segunda mitad del ochocientos, con el cultivo del cáñamo.

Los campesinos lo cortaban en septiembre y luego los llevaban a macerar, para la extracción de las fibras. Pero cuando el ciclo estaba concluido, estos estanques, muy ricos de plancton, quedaban prácticamente inutilizados. El largo proceso de descomposición había creado miles de millones de algas microscópicas, de infusorios, de daphnie y otros crustáceos ideales para la “dieta de los primeros meses” de los peces rojos y no nos quedaba que esperar los meses de marzo – abril para colocar a los reproductores, dos machos para cada hembra, para a fines de agosto, tirar las redes sobre millares de brillantes pececitos, destinados a un rico mercado en expansión.

La acuariología en aquel tiempo hacía sus primeros pasos, y el pez rojo, robusto y adaptado inclusive a las aguas frías y pobres de oxígeno, era el ideal para realizar la prueba. Además su costo era bajo, y esto, todavía hoy, uno de los motivos que hace que frecuentemente sean mártires por la tortura de las peceras de forma esféricas que hacen nadar a los peces girando, y no permite a los productores y a los negociantes el atenderlos como debieran.

Su costo, en aquel tiempo, era de menos de 200 liras, (el equivalente en € 0.1033 a septiembre de 2012), y a veces traían parásitos como la “garrapata de los peces” ( Argulus foliaceus ) o el “gusano con ancla” ( Lernaea ) denominado así por los ganchos que posee para su fijación en el cuerpo de los peces y que para remover este parásito es necesario realizar baños muy diluidos de productos desinfectantes para perros), bien, estos parásitos frecuentemente son de los mismos hogares. Chupan la sangre, las heridas que producen se infectan, y luego de algunas semanas de ayuno en las piletas visitadas por tantos negociantes, finalmente llegan al acuario doméstico y es normal que lo hagan en condiciones lamentables.

Sobre la muerte de un pez rojo, comentaba Nerio mientras llegábamos a un centro de cría piloto, tendría material suficiente para escribir una tesis de post grado.

La señora Anna Maria Pancaldi, titular, nos muestra todos los secretos del oficio. Grandes fuentes con instalaciones de oxigenación para los períodos más cálidos, piletas con divisorios para desinfectar y seleccionar los peces antes de introducirlos al mercado, además un laboratorio de análisis y hasta un cañoncito con tiros de salva para ahuyentar las garzas e las demás aves predadoras.

En contra de las serpientes entre ellas las anacondas (le coronelle) y las culebras de collar, no hay mucho para hacer, y mientras mi esposa tropieza con un enorme ejemplar muy fresco cortado en fetas, seguramente para alimento de los peces, llegamos por un senderito al estanque de los apareamientos.

En una esquina han tirado heno para su maceración, y las hembras vienen todos los días a desovar, seguidas de cerca por los machos. Se observan por un momento mientras arquean el dorso fuera del agua y desaparecen en una zambullida. Resulta imposible fotografiarlas, pero recogemos los huevos, y luego de colocarlos en bolsitas con 2/3 de oxigeno, las ubicamos en una caja térmica, junto a los maridos de Regina.

Llegamos a Montecarlo al anochecer. Los machos fueron a lo acuarios de 400 litros con dos hembritas estupendas, y los huevos a un pequeño acuario de 20 litros, bien oxigenado, en compañía de un par de espigas de trigo selvático para producir algas.

Al día siguiente, mediante un objetivo especial que agrande hasta 10 veces el objeto sobre la película, pude notar que los huevos ya contenían los embriones, y mientras me enojo por no haberlos fotografiado antes con la finalidad de inmortalizar el ciclo completo, escucho que me llaman mis hijas.

¡En mi estudio Reina se estaba apareando! Había elegido a Monegasco, un joven goldfish, mitad blanco y mitad rojo, como la bandera del Principado, mientras tanto Reina ignoraba a dos bellísimos peces oro y fuego que la perseguían brillando como caleidoscopios.

Monegasco era muchos más elegante y veloz y desaparece en el abrazo de Reina. Los huevos comenzaron a caer de a centenares. En aquel momento me pregunté ¿estarán fecundados?

En un instante los traslado, aislándolos, a otro acuario pequeño, siempre protegidos por el musgo de Java.

Y esta vez me empeño en tomar las fotografías lo más rápido posible: los huevos eran transparente y en el centro la yema con reflejos de madreperla, y perfectamente esféricos.

En horas de la tarde, ya la forma había cambiado, y luego de dos días las crías son bien visibles, con los ojos oscuros y la cola replegada sobre la cabeza.

La pileta con los huevos que habíamos traído de Bolonia está llena de recién nacidos, y mis cuatro huevos, aquellos tomados en todas las fases y que por suerte no fueron atacados por los hongos, podrán finalmente eclosionar de un momento a otro.

Luego de horas y horas de espera desesperantes, uno de los cuatro huevos conteniendo uno de los bebés hace un movimiento como un sacudón y allí, estaba, sale de cola con un salto.

Me quedé pegado al visor de la cámara, pero pasaron todavía tres cuatros de hora. Finalmente llegó el gran momento: de uno de los huevecillos aparece la cola y luego se deja ver la bolsa vitelina y la cabeza del recién nacido que se deja caer hacia abajo en un instante que parece una eternidad.

Contengo la respiración y tomo una foto seguida de otra, con el diafragma más apropiado. Los neonatos se reúnen de a poco sobre el vidrio del acuario. Permanecen inmóviles y brillan como estrellas sobre un cielo azul. Deben ser miles, quizás más y luego del arduo trabajo del parto, se reposan por horas para recuperar sus energías.

El agua del acuario está enriquecida con infusores, abundan los caracoles de estanque y los Planorbarius que devoran las espigas en estado de putrefacción, pero ha llegado el momento de retirarlas y colocar en su lugar además de los cultivos de sostén, los concentrados de paramecios o rotíferos, obtenidos con el método de la botella y de la tapa de algodón y pequeños vasitos de anguilas microscópicas que crecieron en una mezcla de copitos de avena, leche y levadura.

También con yema de huevo hervida, y luego hecha polvo presionada entre los dedos que encuentran rápidamente el aprecio de los pequeños.

De estos salvé una buena cantidad para los pozos de agua en los jardines de mis amigos en Montecarlo y alrededores, pero a los más bellos, aquellos de las “tres colas” los he retenido en el acuario (vale aclarar que ésta forma es recesiva y también en los matrimonios entre los peces oro y fuego el 80% de los recién nacidos ya lo hacen de modo normal).

En tres meses alcanzaron los 2 cm, todavía parecen una nuez, pero rápidamente, un poco a la vez, van a ir tomando la maravillosa librea que corresponde a su especie.

© Giuseppe Mazza

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