Hibiscus: espléndodas flores exóticas que seducen a los pájaros

Símbolo de los trópicos, el hibisco crece bien también en los climas mediterráneos. Una colección en Ceylán. La vida sexual de estas plantas que seducen a los pájaros.

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Traducción en español de Viviana Spedaletti

 

 

 

 

 

"Mariti et uxores monstruose connati", así escribía escandalizado Linnèo, observando, en una flor de hibisco, los órganos masculinos unidos sin pudor a los femeninos en la misma columna central.

Cinco pétalos vistosos y en medio un gigantesco “palo del sexo” ondeante al viento, orgulloso de desempeñar también él una parte en la gran feria de la vida.

En la cima, como es conveniente para las flores rigurosamente pentámeras, cinco estigmas esféricos, los órganos femeninos, hirsutos de microscópicos pelos, hechos a propósito para atrapar el polen, sostenidos por cinco estilos que llevan a un ovario con cinco cavidades; más abajo centenares de estambres que muestran irreverentes las anteras, los “testículos de las plantas”, muy desbordantes de esferitas doradas: gigantescos gránulos de polen visibles también sin la ayuda de lentes; mini cápsulas espaciales, listas para el despegue, en las cuales duermen los espermatozoides de la planta.

Nunca como en estas especies se revela clara, sin equívocos, la doble naturaleza de las flores, ingeniosas estructuras que separan el amor del sexo con una aventura en dos tiempos: un preludio, rico de fantasía, para seducir a los vectores del polen, y el real apareamiento, la fecundación, que se produce silenciosamente, en la intimidad, con contiendas químicas en las cuales las femeninas conducen hábilmente el juego.

Los “carteros” de turno de los hibiscos son por lo general los pájaros, siempre de ronda en los trópicos donde el alimento es abundante todo el año.

Atraídos por los pétalos relucientes y por las manchas oscuras convergentes en el centro de la flor, los colibríes no tienen siquiera necesidad de aterrizar: succionan el néctar en vuelo, con la lengua replegada a los lados para formar una pajilla, y vuelven a partir, dos segundos más tarde, con las plumas cargadas de polen hacia otra corola. Casi 20 flores por minuto, y también 10.000 transportes por día.

Establecido el contacto estigma-polen, las células masculinas se despiertan, construyendo unos “tubitos polínicos”, auténticos “túneles del amor” para pasar de sus pequeñas “astronaves” a los alojamientos de las “bellas castellanas”, las células femeninas, escondidas debajo en el vientre de la flor.

Una ardua empresa en la cual las “bellas”, de ninguna manera “dormidas”, ayudan a su príncipe azul a alcanzarlas, favoreciéndoles la carrera, en desmedro de los consanguíneos y de los rivales, con especiales hormonas amorosas.

Luego, hacia la noche, los vistosos pétalos de los hibiscos se marchitan: el aparato publicitario no sirve más, y las energías de la planta se concentran en el desarrollo y la protección de los hijos, resguardados por un fruto de cinco gajos en forma de cápsula, deshidratados, y “puestos en espera” en las semillas, sofisticadas mini incubadoras computarizadas que saben cuando es el momento de despertar al niño, y enviarlo con dos sacos de víveres en los hombros, los cotiledones, a la conquista del mundo.

Una estructura vencedora, a juzgar por las 300 especies de hibiscos existentes, y por millares de cultivar, nacidos para el esplendor de los jardines de los maharajá o de los ricos gobernadores ingleses, y ahora de casa en nuestros invernaderos para alimentar a menudo, con las Azaleas y las Estrellas de Navidad, el triste comercio de las “plantas de departamento para perder”.

Las grandes flores del Hibiscus rosa-sinensis, un arbusto de 3-4 m originario de la China, se han impuesto de tal manera en los trópicos hasta convertirse, en las agencias de viaje, entre los cabellos de espléndidas muchachas exóticas, en el símbolo mismo de las vacaciones en el calor.

Aunque entre nosotros en invierno pierde las hojas, la presencia de estas especies a cielo abierto es ya garantía de mínimas elevadas, y es suficiente una ojeada al diámetro de las flores, proporcionales a las máximas, para tener rápidamente una idea del clima.

En los jardines de Monte Carlo, por ejemplo, en el límite extremo de la franja subtropical, las corolas superan los 10 cm en julio-agosto, y al final de la estación, en diciembre, se reducen a menos de la mitad. En Ceylán, en los trópicos, la misma planta florece casi sin pausa todo el año y los pétalos, anchos hasta 15 cm, son tan vistosos como para ser comúnmente usados, colgados en los camiones, como “paneles para cargas sobresalientes”.

A partir del color originario, rojo intenso, ha nacido en cultivo el anaranjado, el amarillo y el blanco, para no hablar de las flores dobles, de los minúsculos “palos del sexo” semiocultos por los pétalos, que ampliamente justifican, si fuera necesario, el apelativo científico de “Rosa china”.

Aunque los productores de híbridos y los apasionados trabajan sobre las semillas, entre nosotros la multiplicación del Hibiscus rosa-sinensis se produce generalmente por esquejes apicales, a efectuar en primavera.

Basta cortar unas ramitas de 10-15 cm, con al menos un par de hojas, y enterrarlos en un compuesto arenoso, bien humedecido, a casi 21 ºC; pero a diferencia de lo acostumbrado, no conviene crear un “efecto invernadero” con vidrios, porque a falta de una buena ventilación, hojas y tallos tienden fácilmente a marchitarse.

Más fácil, en nuestros climas, es la propagación del Hibiscus syriacus, un arbusto muy rústico, de hasta 4 m de altura, originario de la India y de la China, en grado de superar al aire libre, sin daños, hasta los inviernos más rígidos.

Tiene hojas abundantes con elegantes contornos y a menudo se lo poda como cerco. Sus innumerables flores, blancas, rosadas o violetas, con el centro por lo general rojo oscuro, miden apenas 6-7 cm, y pueden ser simples o dobles, similares a pompones de papel.

Otras especies ornamentales, poco conocidas en Italia, son el Hibiscus coccineus de grandes hojas con nervadura rojiza divididas en siete lóbulos, pétalos carmesí y frutos esféricos muy decorativos; el Hibiscus militaris, proveniente de USA, con flores rosadas o rojo sangre; el Hibiscus scottii , de un lindo amarillo solar; el Hibiscus moscheutos, de insólitas corolas planas de hasta 20 cm de diámetro; y el increíble Hibiscus mutabilis de la China cuyos pétalos, blancos por la mañana, cambian a rosado por la siesta y bermellón por la tarde.

El elegante Hibiscus schizopetalus de África oriental, con flores colgantes y pétalos profundamente deshilachados, doblados hacia atrás, ha dado origen recientemente a formas espectaculares que exaltan su elegante estructura como “farol chino”; y entre las especies arbóreas el Hibiscus elatus de Cuba, de hasta 25 m de altura, sorprende por el porte similar al álamo y las vistosas corolas rojas o amarillas, que crecen a menudo juntas, en la misma rama, en insólitos contrastes cromáticos.

Pero los hibiscos no son sólo plantas de flor. El Hibiscus cannabinus y el Hibiscus tiliaceus, proveen de buenas fibras textiles, y de éste último, de crecimiento muy rápido, se obtiene también una óptima celulosa de bajo costo para la industria papelera.

Las extrañas cápsulas piramidales de hasta 20 cm de largo de un hibisco indio, el Gombo ( Hibiscus esculentus ), finalmente ofrecen a las poblaciones de los trópicos grandes semillas esféricas comestibles.

Hervidas, son consumidas a fetas en las salsas, pero sirven también para preparar el “Karkadè”, una famosa bebida bermellón de los años treinta que está volviendo de moda.

Útiles para las enfermedades del hígado, las flores de una especie afín, el Hibiscus sabdariffa de Angola, adorno por siglos de las cabañas de los brujos, han sido “descubiertos” recientemente también por la moderna industria farmacéutica.

Ricos en propiedades tónicas y digestivas, presentan en efecto un alto contenido de ácido málico, oxalatos, sacarosa e hibiscetina. Nada de extraño para los taxónomos, que partiendo de la estructura de las flores, rehacen en práctica, con sus clasificaciones, la historia de las plantas: los hibiscos pertenecen en efecto a la familia de las Malváceas y no hay que sorprenderse de que en milenios de evolución, hayan elaborado, con propias peculiaridades, las preciosas virtudes medicinales de la Altea y de la Malva.

© Giuseppe Mazza

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