Leptoptilos crumenifer

Familia : Ciconiidae

 

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Texto © Dr. Gianfranco Colombo

 

 

Traducción en español de Ignacio Barrionuevo

 

 

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Es difícil encontrar un ave más fea que el marabú (Leptotilos crumenifer), con su inmenso buche,
largo, desgarbado y flácido que va balanceándose en sentido contrario a su paso © Giuseppe Mazza

El Marabú Africano ( Leptoptilos crumenifer – Lesson, 1831 ) pertenece al orden Ciconiiformes y a la familia Ciconiidae.

Es el representante más grande de su familia en el mundo de los alados, una de las más grandes aves voladoras.

No hay pueblo en África, particular- mente a lo largo de ríos o cursos de agua, pero también en ciudades y pequeños asentamientos de cabañas, donde esta ave no esté presente y contribuya a una actividad un tanto indispensable para la comunidad humana: la limpieza. El marabú africano es el típico carroñero.

Deambula entre las casas en busca de desechos o se aposta encima de una cabaña a la espera de que alguien tire cualquier cosa a la calle, circunda con impaciencia las barcas de los pescadoras que vuelven de la pesca o rebusca entre la inmundicia junto a los perros y los buitres.

Es un ave gigantesca. Tan alto como un muchacho joven, con un cuerpo masivo sostenido por dos largas y fuertes patas.

Cuando se encuentra encaramado sobre una cabaña la hace parecer minúscula y a veces incapaz de sustentar el gran peso de este alado.

Cuando se habla de belleza de un ave, de su porte, de su elegancia no viene a ser el caso del marabú africano. Está entre las aves más feas presentes sobre la faz de la Tierra y en disputa con otros pocos pertenecientes a su reino, de la que podría resultar vencedor.

Tiene un aspecto extremadamente desgarbado y sucio, empeorado si cabe por la piel desnuda que cubre el cuello y la cabeza, recubierta de escamas grisáceas y encostradas de suciedad que recubren casi totalmente el pico extendiéndose hasta la frente. Además encontramos la pelusa descompuesta y escasa que reviste la cabeza y que le da aún más aspecto de desorden, que es la característica peculiar de esta ave. Finalmente encontramos el inmenso bocio, alargado, ausente de gracia y flácido que se mueve balanceándose en sentido contrario a su paso y que parece una excrecencia malformada e indeseada, recubierta también por la pelusa escasa, despeinada y fuera de lugar.

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Ocupa toda el área subsahariana del continente africano, donde es omnipresente, alcanzando a menudo grandes concentraciones © Gianfranco Colombo

Puede que su fealdad haya llevado al ser humano, con el que convive pacíficamente desde siempre, a la conclusión de dejarlo en paz sin saber qué hacer con semejante oprobio.

Pero el marabú africano tiene una escondida virtud que no demuestra cuando está de pie en tierra, al mismo nivel que esos seres humanos que lo juzgan según sus cánones, tan brutalmente.

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La cabeza es decididamente desgarbada, empeorada por la piel desnuda que cubre también el cuello, recubierta de escamas grisáceas y encostradas de suciedad que revisten casi totalmente el pico alcanzando la frente. Además encontramos una pelusa rala que recubre la cabeza y que da aún más aspecto de desorden © G. Mazza

En vuelo es un ave majestuosa, increíblemente ligera, patrón del aire quizás incluso más que los buitres, capaz de mantenerse colgado del cielo como si fuese una cometa, inmóvil y equilibrado durante horas, como si permanecer así fuese la única manera de olvidar cuán mal estimado es un centenar de metros más abajo.

Puede que nunca lo sepamos, pero desde allí se toma la revancha sobre nosotros y nuestros feos juicios.

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Tan altos como un chaval, los preadultos alcanzan los 150 cm pero carecen aún del vistoso buche © Giuseppe Mazza

El término marabú viene del francés “marabout”, a su vez variado del árabe “murābit”=guardia, en virtud de su habitual postura cuando está posado, recto e inmóvil como si se tratase de un centinela.

Es muy probable que, por analogía con el término murābit se asocie el morabito, el típico asceta musulmán africano, un personaje importante en los pueblos campesinos también descrito como una persona de superior e imponente presencia.

Una pequeña anécdota: el apellido Morabito bastante típico en el sur de Italia es de origen árabe y deriva concretamente de murābit.

La etimología del binomio científico muestra su origen en la morfología de esta peculiar ave:

Leptoptilos viene del griego “leptos” = delicado, prolongado y “ptilon” = pluma, por la ligereza de sus plumas; mientras que crumenifer o su antiguo sinó- nimo crumeniferus, proviene de “crumena” = una bolsa de cuero para el dinero que se llevaba antiguamente al cuello y del latín “fero” = llevar, portar.

La belleza de sus plumas era ya conocida en el siglo XIX, cuando eran usadas para adornar lujosos y vaporosos vestidos de seda.

En todos sus nombres vulgares, ya sean europeos o indígenas, se repite el término marabú. En inglés Marabou Stork; en alemán Marabu; en italiano Marabù africano; en francés Marabout d’Afrique; en portugués Marabu-africano.

Zoogeografía

El marabú africano ocupa toda el área subsahariana del continente que le da nombre, en la que es omnipresente, alcanzando en ciertas áreas concen- traciones ciertamente considerables.

El marabú africano es un ave sedentaria aunque sí que efectúa movimientos verticales por el interior del continente relacionados con la cercanía de la estación lluviosa. Los jóvenes también efectúan migraciones a corta distancia en sus primeros años.

El marabú africano es el único representante de su género en África, mientras que en Asia están presentes dos especies muy similares pero muy localizadas en el área índica, el Marabú Argala y el Marabú Menor ( Leptoptilus dubius y Leptoptilus javanicus respectivamente ) .

Ecología-Hábitat

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El marabú africano es prácticamente omnívoro. Aunque prefiere los peces, anfibios y otros animales vinculados al agua, engulle vorazmente, sin andarse demasiado con tonterías, todo lo que pasa por delante de su enorme pico © Gianfranco Colombo

A pesar de ser un ave relacionada con el agua, al marabú africano puede encontrársele en cualquier lugar aunque este distante de un río u otro tipo de masa de agua.

Su inclinación por convivir con el hombre le lleva a menudo a frecuentar pueblos sin importar que estén en áreas predesérticas, evidenciando esta última tendencia suya a menudo olvidando, parece, su predisposición genética por el agua.

En cualquier caso, su capacidad para el vuelo y facilidad de desplazamiento hace que le sea fácil alcanzar en poco tiempo una charca o un curso de agua aunque se encuentre a muchos kilómetros de distancia. El centro de grandes ciudades, con suficiente vegetación como para poderse refugiar y nidificar, puede también convertirse en un hábitat favorable para esta especie. Su carácter ubicuista y su abundancia hace que pueda encontrársele en cualquier punto de su área de distribución.

Morfofisiología

El marabú africano con casi tres meteos de envergadura es una de las aves voladoras más grandes del planeta. Si a esto añadimos un peso que varía de los 6 a los 9 kg y una longitud que supero los 150 cm bien se puede imaginar con que coloso aéreo nos las estamos viendo. Erguido tiene la altura de un hombre y las dimensiones del cuerpo, grueso y robusto, le hacen parecer uno cuando es visto desde lejos.

Se ha hablado de su aspecto desgarbado y desagradable y de la inmundicia que le ensucia la cabeza, el pico y el cuello, pero su librea está excepcionalmente bien conservada con plumas bien mantenidas, limpias y siempre listas para cargar con el sustento de tal cuerpo en vuelo.

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Al vivir con los locales, que sin saber qué hacer con él lo han terminado aceptando como barrendero, ha aprendido a sacar el mayor partido a las actividades humanas. Aquí espera pacientemente los desechos de los pescadores © Gianfranco Colombo

El plumaje cuenta con la parte superior de las alas de color negro pizarra con reflejos azulados mientras que el resto del cuerpo es de color blanco. Las patas, muy largas y robustas, son de color celeste-grisáceo con gruesos dedos y fuertes garras típicas de los cicónidos, lógicamente inadaptados al agarre de presas pero óptimas para caminar.

El pico es inmenso, de hasta 35 cm de largo, puntiagudo, fuerte y capaz de asestar un golpe mortal a su víctima.

Sus andares son desgarbados, lentos y desganados, pero dignos. Para completar su pésimo modelado estético están la cabeza y el cuello. En esta parte del cuerpo faltan totalmente las plumas y la piel queda, por tanto, desnuda y de color carne. La frente, el testuz, la nuca y también el pico están recubiertos de costras de piel y suciedad parcialmente levantadas y desechas, como si estuviese afectada por una fuerte forma de eczema defoliante. Un aspecto repugnante y ciertamente adaptado a la actividad de necrófago que habitualmente ejerce.

Del cuello cuelga una bolsa carnosa y flácida que puede alcanzar la misma longitud que el pico y que toma un color rojo sangre durante el cortejo. De hecho, este estorbo, pues tal parece cuando no está en uso, no presenta ninguna función digestiva ni como buche, sino que se emplea únicamente como símbolo sexual durante la época reproductiva.

En la espalda, en la parte posterior del cuello, junto a los hombros, posee un segundo saco inflable y mucho más pequeño pero que toma un color rojo fuerte durante el celo.

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No es raro verlo pasear con cautela junto a las mesas de los restaurantes y bares, a la espera de algún descuidado cliente que abandone por un momento su consumición © Gianfranco Colombo

No presenta dimorfismo sexual. Los jóvenes muestran colores más tenues y carecen del saco gular que sí que mostrarán cuando alcancen la madurez hacia su cuarto año de vida.

En vuelo es elegante y ligero, un gran planeador que puede alcanzar considerables alturas junto a los buitres, a los que a menudo acompaña. La enorme envergadura muestra en la parte inferior del ala las coberteras inferiores de color blanco en contraste con las rémiges negruzcas. En vuelo presenta el cuello recogido entre los hombros.

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Pero también los hay que viven a la antigua usanza, formando parte del paisaje de la sabana, alimentándose de serpientes, ratones, pollos, huevos, caracoles, insectos, fruta, verdura podrida y carroña, incluso pequeños huesos © Giuseppe Mazza

Etología-Biología Reproductiva

Aunque prefiere los peces, anfibios y otros animalillos vinculados al agua, esta ave engulle todo cuanto pase por delante de su enorme pico. Serpientes, ratones, polluelos, caracoles y babosas, huevos, fruta y verdura podrida, pequeños huesos, insectos grandes aunque también hormigas y termitas… Todo, ya esté vivo o muerto.

Su oportunismo, ciertamente ayudado por su gran talla, le ha llevado a vivir con las colonias de flamencos asaltando impávidamente a los adultos sin desdeñar a los pollos incapaces de volar ni a los huevos antes de que eclosionen. Una modalidad de caza compartido con las hienas.

Viviendo en estrecho contacto con las poblaciones locales ha aprendido como sacar el mejor partido de las actividades humanas de forma que los sitios de pesca, los lugares de procesamiento del pescado, los mataderos públicos, los vertederos y cualquier otro lugar que produzca desechos orgánicos se han convertido en los puntos más frecuentados por este animal.

Es impresionante la presencia de esta ave donde los pescadores limpian el pescado mientras vuelven de las campañas de pesca.

Inmóviles, silenciosos y discretos, asedian las barcas cargadas de peces mientras los pescadores, sin reparar en su presencia, limpian y ordenan el pescado lanzando tras de sí todo lo que consideran desechos pero que constituye, no obstante, un exquisito manjar para estos asistentes.

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Aquí se le ve transportando ramitas para el nido. Con sus 3 m de envergadura, en vuelo es casi bello © Gianfranco Colombo

Una acción muy natural y habitual, ya aprendida y con un sitio hecho en el instinto de estas aves, es que el bocado raramente toca el suelo, sino que es cogido con maestría al vuelo con total soltura. Es divertido el juego de los niños que a menudo, maliciosos pero seguramente tan solo en busca de satisfacer sus escasas posibilidades de juego, lanzan piedras o trozos de madera en vez del pez que les muestran. Instintivamente el marabú coge al vuelo el objeto, confundiéndolo con comida, pero lo repudian con la misma velocidad con la que lo han interceptado.

A pesar de que las áreas en las que se producen residuos son las más frecuentadas, esta ave no falta en cualquier otro ángulo del continente africano.

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En el período reproductivo, para adornarse, muestra también un vistoso saco inflable rojo detrás del cuello © Gianfranco Colombo

Se lo ve seguido de buitres alrededor de una carroña en la sabana, pero aún más en las periferias de las grandes urbes, donde pasea entre la población para engullir cualquier cosa que se parezca a un resto orgánico y en lucha abierta contra los perros y otros animales carroñeros. No es raro verlo también caminar ojo avizor junto a las mesas de restaurantes y bares, esperando, como mendigos, que algún cliente despistado abandone momentáneamente lo que está consumiendo. Oportunismo moderno.

El marabú africano nidifica en colonias más o menos numerosas compartiendo el árbol sobre el que pone su plataforma con otras especies de cicónidos y ardeidos.

A veces las colonias son extensísimas y especialmente en las ciudades ribereñas africanas que se asoman sobre los lagos del Valle del Rift, en las que ocupan barrios completos y parques comunales. En estos casos resulta incluso difícil encontrar una sola rama de árbol libre para poder construir un nuevo nido.

Sin ningún temor a la presencia humana se lo ve a menudo nidificar en las bajas ramas bajas tras los pocos semáforos en medio del caótico tráfico de estas aglomeraciones urbanas, como si se tratasen de policías suspendidos un tanto sobre el suelo para controlar el tráfico que pasa por debajo.

La pareja permanece fiel para toda la vida y también durante el período de nidificación los compañeros se mantienen en estrecho contacto aunque, eso sí, en medio de vastos grupos. Comenzada la temporada reproductiva, que a menudo no presenta fechas fijas salvo en el período seco que precede a la estación lluviosa, inician el cortejo mediante fuertes crotoreos, gruñidos y gemidos profundos y ruidosos. El cuello del macho se infla y se enrojece mientras el saco gular se hincha y alarga dramáticamente tomando un color rojo sangre.

El nido es una simple plataforma de grandes ramas puestas sobre la parte superior del árbol, sin ningún revestimiento particular en su interior pero suficiente para contener los dos o tres huevos blancuzcos que generalmente constituyen la puesta. En el árbol encontramos una disputa continua cada vez que un individuo aterriza o se mueve caminando por las ramas, chocando con el vecino o entrando en el territorio de otra pareja, territorio que con frecuencia tiene sus límites a dos metros de la pareja vecina.

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Alcanza a menudo concentraciones notables. En vuelo es increíblemente ligero, patrón de los aires quizás incluso más que los buitres © Giuseppe Mazza

Una continua algarabía que dura durante todo el período reproductivo incluso por la noche, haciendo imposible que nadie sea capaz de vivir en los alrededores. El marabú puede ocasionalmente anidar también sobre los tejados de los edificios, sobre cabañas rurales y en paredes.

La incubación dura 30 días y los polluelos permanecen en el nido durante 12-15 semanas durante las que en la colonia se crea una inimaginable situación de sobrepoblación con continua agitación y confusión entre los pequeños y los adultos que traen la ceba a la nidada. No se puede afirmar que sea complicado percibir la presencia de una colonia de marabúes ni siquiera en la noche más cerrada.

Sinónimos

Leptoptilos crumeniferus - Linnaeus, 1758; Ciconia crumenifera - Lesson, 1831.

 

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El archivo fotografico de Giuseppe Mazza

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