Cactus de la noche: florecen apenas oscurece y caen al amanecer

Descubrimos los cactus que florecen luego del atardecer, cuando hacen su aparición las mariposas nocturnas que los polinizan. Cómo cultivarlos aquí.

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Traducción en español de Viviana Spedaletti

 

 

 

 

 

Cada planta tiene su hora para florecer.

Las corolas, el aparato publicitario de las flores para seducir a los polinizadores, no se abren por casualidad, sino sólo cuando el respectivo polinizador está de ronda. Todo el día, como en la mayor parte de los casos se trata de insectos diurnos, pero también al crepúsculo o en plena noche, cuando los “clientes” son noctámbulos, por elección de vida o por necesidad.

Así en el desierto de Arizona los saguaros confían su progenie a los murciélagos; y en las tórridas regiones de Centroamérica, donde de día hace mucho calor para volar, los cactus hacen de todo para hacerse notar por las mariposas nocturnas.

Corolas generalmente blancas, anchas hasta 30-40 cm, fácilmente visibles de lejos en la claridad lunar, y cosa insólita para unos cactus, intensos perfumes.

La fragancia de la Stetsonia coryne permite de este modo a las falenas encontrar en pocos minutos, por olfato, el camino hacia sus modestos pétalos rosados que surgen aislados, entre las espinas, sobre tallos de 4-5 m de altura.

En nuestros climas mediterráneos, pero también en Milán en una galería bien expuesta, se puede tener la alegría de hospedar a estas plantas que, como subraya Jean-Marie Solichon, director del célebre Jardin Exotique del Principado de Mónaco, ostentan las flores más grandes y efímeras de la familia.

Cactus anómalos, contra la corriente, que renuncian a las típicas corolas vistosas, que duran también 4-5 días, abriéndose en las horas más calurosas, cuando el sol está en el cénit, por una sola noche de amor regulada por precisos biorritmos.

Los primeros en florecer, al crepúsculo, son los Cereus; luego entre las 22 y las 23 los Selenicereus y los Hylocereus; y sólo luego de medianoche los Epiphyllum que se hacen esperar para abrir casi a simple vista, en media hora, sus grandes corolas pirotécnicas. Pocas horas a disposición para las nupcias, y luego todas estas flores, fecundadas o no, caen para siempre.

Hay material para suscitar la codicia de los coleccionistas, aunque no se trata lamentablemente siempre de plantas fáciles. Antes que nada el obstáculo.

El bien conocido Cereus peruvianus monstruosus, vendido a menudo en “macetitas descartables”, destinados a languidecer en casa por falta de luz, marchitez en las raíces o espectaculares ataques de cochinillas, ha alcanzado en los jardines del casino de Monte Carlo los 10 m de altura; y los bellos cactus lanosos, los Cephalocereus seniles, de cultivo tan difícil como para tener que ser injertados desde pequeños sobre pies de Opuntia, pueden alcanzar al natural los 8 m.

En espacios limitados, mejor entonces conformarse con plantas más modestas, como el Trichocereus schickendantzii que rara vez alcanza los 2 m, o el l’Epiphyllum oxypetalum con tallos chatos, similares a hojas, y flores colgantes. Nacido para las exposiciones a media sombra, se adaptará muy bien en una galería.

Existe además un vasto grupo de trepadoras. La Pereskia aculeata, un cactus con hojas y con florcitas modestas que se transforman en racimos de graciosos frutitos amarillo anaranjado (foto disponible), crece como una Bougainvillea adosada a los muros; y bien se adaptan a los jardines rocosos los Selenicereus, los Hylocereus, las Monvillea, y las Harrisia, de tallos trepadores o rastreros como serpientes.

Los Hylocereus proveen también sabrosos frutos comestibles, ligeramente ovalados, de más de 10 cm de diámetro. Conocidos en México con el nombre de pitahaya son cultivados en los trópicos a gran escala, como nuestras naranjas, y fructifican también en el Jardin Exotique donde un viejo ejemplar ramificado ha escalado como si nada, por 15 metros un acantilado sobre el mar.

Las persianas replegadas del balconcito de mi estudio, en Monte Carlo, hospedan desde hace años dos especies análogas con tallos muy delgados. Han desarrollado aquí y allá unas robustas raíces adventicias que se introducen en los intersticios de la madera y permiten a la planta trepar.

A comienzos del verano producen una flor tras otra, a cambio de algún riego al pie y abundantes pulverizaciones a la persiana.

CULTIVO.

Como casi todos los cactus, Epiphyllim aparte, todas estas plantas necesitan mucho sol, un terreno suelto, arenoso y calcáreo, pobre en hidrógeno, visto que, excepto la Pereskia no deben producir hojas, pero rico en fósforo y potasio.

En la práctica, recomienda Jean-Marie Solichon, un fertilizante para árboles de fruto. Y contrariamente a lo que se cree, es necesario también un adecuado aporte hídrico.

El hecho de que los cactus teman estancamientos en las raíces y requieran un drenaje perfecto, no quiere decir que se deban regar con cuentagotas.

En invierno, cuando están en reposo, basta generalmente una intervención al mes, pero en verano, especialmente en pequeñas macetas, en una terraza soleada deben ser regadas al menos 2-3 veces por semana.

Al natural las raíces descienden en profundidad, y en puntos estratégicos, junto a los peñascos, recogen el rocío de la mañana; pero en una maceta de pocos centímetros, seca y compacta, pueden morir en poco tiempo por asfixia.

Las variedades más friolentas, especialmente donde llueve en invierno, necesitan un alero o un invernadero improvisado con telas plásticas agujereadas para la ventilación. Y las plantas ubicadas al reparo en una galería, serán luego expuestas gradualmente al sol para evitar antiestéticas quemaduras.

No olvidar, especialmente para el grupo de los Cereus, periódicos tratamientos contra las cochinillas que pueden fácilmente instalarse entre los pliegues de los tallos.

REPRODUCCIÓN.

Las semillas luego de una noche de ablande en agua tibia, se esparcen sobre arena húmeda, entre mayo y julio, a temperaturas no inferiores a los 21 ºC, en un terrario cubierto por un vidrio opacado con cal, que se puede dejar también al sol. Pero cuando aparecen las plantitas, el ambiente debe airearse progresivamente.

Más rápida y ventajosa es la propagación por esqueje. Al natural los gajos de muchas especies como los Hylocereus se desprenden espontáneamente enraizando en el suelo; y en cultivo basta sacarlos con un buen par de guantes y una cuchilla, dejar cicatrizar la herida, a la sombra, en un ambiente caliente y bien aireado, colgando los tallos cabeza abajo, antes de enterrarlos luego de una o dos semanas según el diámetro del tallo, en un terreno arenoso no demasiado húmedo.

Pero para apreciar las primeras flores es necesaria mucha paciencia, a menudo algunos años.

© Giuseppe Mazza

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