Rosa

 

Historia de la Rosa : de las Rosas Botánicas hacia una rosa perfecta

 

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Texto © Giuseppe Mazza

 

 

Traducción en español de Susana Franke

 

 

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Cinorrodones de Rosa canina © Giuseppe Mazza

La visita a un rosedal es también un modo para recorrer la historia de la rosa, de las variedades más antiguas a las recientes, un largo camino hacia la forma perfecta diseñada por las manos del hombre.

Porque la rosa es mucho más que un simple producto de la naturaleza, es la búsqueda de lo bello en los siglos, a través de los ojos de diversas civilizaciones.

Sabemos de los fósiles que en el Oligoceno, hace 35-40 millones de años, en Oregon crecía una rosa muy parecida a la Rosa nutkana , perteneciente al grupo de las Cinnamonmeae como la Rosa rugosa que entreabre aún hoy al sol de nuestros jardines sus espléndidas flores simples, con 5 pétalos rojo malva.

Y sabemos que el género Rosa en la naturaleza crece espontáneo solo en el hemisferio norte, donde ha acompañado al hombre desde la prehistoria.

Botánicamente, las rosas son parientes cercanos de manzanos, perales, durazneros, cerezos, albaricoques, nísperos, almendros, ciruelos y fresas, en definitiva, de plantas frutales.

Y sus vistosas bayas rojas en realidad falsos frutos llamados cinorrodones conteniendo los aquenios, eran ciertamente apreciados por los hombres prehistóricos, por su pulpa comestible, ligeramente laxante y rica en vitamina C.

Podemos entonces imaginar que alguno de nuestros lejanos parientes haya probado cultivar, junto a su casa, una Rosa canina o una Rosa gallica.

 

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Rosa canina © Giuseppe Mazza

Habituadas como están a vivir en suelos pobres y áridos, entre los matorrales a veces, bien nutridas, en cultivación estas plantas cambian aspecto.

Si tomamos una Rosa gallica selvática, con 5 pétalos, y la llevamos en un suelo fértil, regado, sin competencia alrededor, a menudo la corola espontáneamente se duplica, y pasa a tener 10-15 pétalos.

Fenómeno, pareciera, ligado a la rapidez de crecimiento, que induciría junto a otros factores, una mutación.

De manera análoga, en los tiempos de Erodoto, en el quinto siglo antes de Cristo, una Rosa canina de los campos, que tiene normalmente 5 pétalos, da improvisamente origen a un forma semi-plena con 10 pétalos.

Estos hechos no pasaron por cierto inadvertidos, y paralelamente a lo que sucede en China, la rosa se transforma en la primera planta ornamental doméstica.

Belleza, perfume y riqueza encuentran en esta flor un símbolo, tal es así que una ciudad se hace llamar Rodi, de Rodon, el nombre griego de la rosa, y que se descubren diseños de rosa en profusión sobre los escudos, monedas y frescos del mundo griego–romano.

Ciertamente griegos y romanos cultivaban la Rosa gallica, la rosa roja por excelencia, que tenía también una variedad medicinal, y las perfumadísimas Damascena, nacidas del cruzamiento con la Rosa phoenicia .

 

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Rosa gallica officinalis © Giuseppe Mazza

Virgilio nos habla de una Damascena autunnale, que florecía dos veces al año, nacida del matrimonio de una Rosa gallica con la Rosa moschata , especie también esta de Asia Menor, donde ha sido recolectada muchos siglos antes, del Himalaya.

Plinio el Viejo, en su Historia Natural, cuenta de rosas perfumadísimas, con cien pétalos, que adornaban la parte externa de las guirnaldas. Ya en aquellos tiempos la rosa tenía camino hecho, pero los colores de los pétalos en la antigüedad eran sólo el blanco, el rosa y el rojo, y es necesario esperar el fin del Medioevo, con la introducción de la Rosa foetida, para ver la primera rosa amarilla.

Etapa fundamental en la historia de la rosa, porque de esta especie originaria de Persia y de Asia sud occidental, darán luego origen a todos los matices amarillos y naranjas de las variedades modernas, gracias al cruzamiento de los primeros Híbridos de Te.

En el Medioevo circulaban también las rosas Alba, con caracteres de la Rosa canina, de la Damascena y de la Rosa gallica. Un perfume insuperable, y un follaje verde grisáceo en perfecta armonía con las tonalidades pasteles de los pétalos, que varían del rosa claro al blanco puro.

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, el mundo de los floricultores se encuentra en gran crecimiento.

Está de moda la Rosa x centifolia ,una variedad pomposa con cien pétalos perfumados creada en Holanda y llamada también “Rosa de los pintores”.

La encontramos a menudo representada en cuadros y frescos de la época, o retratada, como la esencia misma de la rosa, sobre cerámicas y tejidos.

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Rosa foetida persiana © Giuseppe Mazza

Es distinta a aquella de Plinio el viejo, pero nace también de cepas antiguas, probablemente de una Damascena, la Rosa gallica officinalis y la Rosa canina.

Hacia el fin del siglo, llegan a Europa, con cargas de té de la Compañía de las Indias, las primeras rosas Chinas, prontamente bautizadas Tea-scented Roses, o simplemente Tea, por el perfume de las cajas en donde viajaban.

Y para evitar equívocos aclaramos rápidamente que los pétalos de estas flores no tienen perfume de te, el aroma aprisionado de una caja de te abierta, pero tienen una fragancia típica con un fondo seco y acre, jamás dulce, comparable al límite, si realmente quisiéramos, al olor de las hojas frescas de te rotas entre los dedos.

Muestran pimpollos insólitos, largos y en punta, nacen de antiguos cruzamientos entre la Rosa chinensis y la Rosa gigantea, una especie trepadora del Himalaya que alcanza hasta los 30 m de altura, con robustas espinas uncinadas. Pero sobre todo, estas rosas que venían desde lejos, estaban siempre en flor.

Del matrimonio de éstas con las variedades europeas, las rosas de nuestros jardines traerán la capacidad de reflorecer, que hasta ese momento tenía solo la Damascena autunnale, y se habla de Híbridos Perpetuos con la capacidad de transformar corolas, una luego de la otra, durante toda la estación vegetativa.

De nuevos cruzamientos entre las Tea y los Híbridos Perpetuos tuvieron finalmente origen las Rosas Híbridas de Te, que son hoy las grandes reinas del mundo de las flores.

Siempre a fines del ‘700, llega desde el Japón también la Rosa rugosa, que mas allá de algún afortunado cruzamiento, se afirma de manera autónoma con numerosas variedades, que enfatiza la natural belleza de sus flores simples, para no hablar de las características hojas veteadas, ásperas pero ligeramente brillantes, y de grandes frutos.

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Rosa gigantea © Giuseppe Mazza

Y si se habla de rosas Bourbon, nacidas en la isla de Bourbon, hoy Reunión, del cruzamiento de una Rosa chinensis con una Damascena autunnale, de las Pórtland, nacidas de una rosa escarlata, probablemente un híbrido de Rosa chinensis , Damascena y Gallica, descubierto en Italia y llevado a Londres de la Duquesa de Pórtland, e de las Noisette, variedad con una refloración excepcional, creadas por los dos hermanos Noisette, uno viverista en París y el otro en Carolina del Sur, que cruzaron una Rosa chinensis con la Rosa mosqueta .

De otro pequeño grupo de rosas con flores reunidas en corimbos, las Polyantha, nacidas de la boda de la Rosa multiflora var. nana con rosas enanas chinas.

Poulsen obtiene, cruzándolas con los Híbridos de Te, las rosas con flores más grandes, en ramilletes, llamadas Híbridas de Polyantha, o simplemente Poulsen.

Y de repetidos cruzamientos de estas con los Híbridos de Te, tienen finalmente origen las rosas Floribunda, que juegan hoy un rol importante en el paisaje de los jardines.

¿Pero como proceden los hibridadores?

¿Cómo han nacido las 45.000 variedades de rosas hoy existentes?

A veces es fácil. Cuando la naturaleza nos da una mano, puede producirse espontáneamente, en cultivación, una mutación genética: una especie arbustiva se transforma de improviso en trepadora, o los pétalos, de golpe, cambian de color.

Es el caso por ejemplo de una planta de rosa Excelsa que en el rosedal Princesa Grace de Monaco, al lado de sus flores rojo carmesí, se ha puesto a fabricar un ramo de corolas cándidas como la nieve.

Basta aislarlo, reproducirlo por vía vegetativa, y si la variedad no ha sido ya descripta, darle un nombre.

Pero en general, para crear una nueva rosa, es necesario aproximadamente 10 años. Un largo trabajo de equipo, al mismo tiempo artístico y científico.

Con una buena dosis de intuición, y gran experiencia, el hibridador elige sobre el escritorio a los padres, según los objetivos a los que quiere llegar. Es necesario tener en cuenta parámetros a menudo incompatibles entre ellos, como el color, la refloración, el porte, y la resistencia a las enfermedades.

Luego hace aquello que en la naturaleza habría hecho una abeja: tomar el polen de la planta elegida como padre, y lo coloca en el órgano femenino de la planta destinada a llevar adelante la maternidad.

El método para la Hibridación de una rosa es siempre el mismo.

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Rosa chinensis ’Mutabilis’ © Giuseppe Mazza

Como primer paso se prepara la flor de la futura esposa. Se le quitan todos los pétalos, no debe quedar ninguno, y los estambres, los órganos masculinos que podrían provocar incestos.

Luego, con un pincelito, se coloca delicadamente en el órgano femenino, el estigma, el polen previamente recolectado de la otra planta, y se protege todo con una bolsita, para prevenir cruzamientos accidentales.

Los gránulos de polen germinan y producen minúsculos filamentos, los tubos polínicos, que llevan los espermatozoides de la planta hasta los óvulos, en el vientre de la rosa.

De una fecundación nacen centenares de semillas. Las combinaciones cromosómicas son muchísimas, y los hijos serán todos diversos.

Enero y febrero son los mejores meses para la siembra. Cada plantita tiene una maceta numerada, y desde los primeros días de la germinación se anotan escrupulosamente los datos relativos al crecimiento, la resistencia a la intemperie y a las enfermedades.

Para dar una idea del enorme trabajo, en la Meilland, el más grande creador de rosas en el mundo, se parte de 100.000 semillas germinadas, para una primera selección de 6.000 plantitas. Estas vienen observadas por un año, y en una segunda selección se reducen a 600. Las anteriormente elegidas, se multiplicarán por vía vegetativa y enviadas por 5-7 años de observación al aire libre, en jardines repartidos por todo el mundo.

Porque un rosa que crece bien debajo de determinado cielo, raramente se adapta a todos los climas.

Las pocas elegidas vendrán finalmente patentadas en todo el mundo, por 15, 20 o 25 años según el estado, con un nombre único, a menudo impronunciable, tipo MEIhourag, que para las rosas modernas inicia casi siempre con las tres primeras letras del hibridador, en este caso MEI por Meilland.

Naturalmente nadie compraría jamás una rosa que se llama MEIhourag, Para la venta es necesario, según el idioma, un nombre que suene bien.

Así en Francia nuestra MEIhourag se conoce como Arielle Dombasle, y en Italia como ‘Lea Massari’.

Por cada rosa vendida en los viveros, u ofrecida como flore de corte, el hibridador recibe un derecho pero pasado el período de protección la variedad cae en el dominio público y cualquiera puede reproducirla.

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Rosa rugosa ’Scabrosa’ © Giuseppe Mazza

La gallina de los huevos de oro puede entonces transformarse en un temible competidor. El creador deberá convencer a los clientes que la variedad ya ha sido superada y que tenía algunos defectos.

Para explotar este nuevo emprendimiento, elegirá posiblemente para la nueva reina un nombre de venta análogo y certificará con una buena campaña, medallas de concurso en mano, el extraordinario color y el perfume.

¿Pero como nacen estos formidables instrumentos de seducción de las rosas?

Mientras en la mayor parte de las flores el perfume brota del néctar, en las rosas se libera de los pétalos, y solo cuando han alcanzado un cierto grado de maduración.

El perfume de las rosas nace de una particular combinación de terpenos y alcohol, que cambia según la variedad, la cultivación y el clima, y también el observador juega su parte.

El hombre tiene en efecto una mala percepción de los olores, que se deteriora con el envejecimiento. Por esto algunos aseguran que una rosa tiene un cierto perfume, y otros que tiene una nota completamente diversa.

Por esto no encontramos más, con los años, ciertos perfumes de la infancia, y cuando se debe premiar la fragancia de una rosa, en el célebre concurso de Bagatelle, en París, los jueces del concurso son a menudo niños.

Para tratar de entendernos, los creadores de rosas hablan de cinco tonalidades de perfume. La nota verde, que evoca el olor de la hierba apenas cortada. La nota rosada, la más rara, que recuerda el perfume de las rosas antiguas. La nota cítrica, que nos hace pensar a la verbena, al limón y a la citronela. La nota de fruta, con fragancia de duraznos, albaricoques, frambuesas y fresas.

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Mutación genética de una rosa ’Excelsa’ © Giuseppe Mazza

La nota especiada, que recuerda la vainilla, la canela y la nuez moscada.

Y dado que los pétalos de las rosas de los floristas, cortada en pimpollo, no han tenido el tiempo de madurar, para apreciar la fragancia de una rosa es necesario descender al jardín.

Así en mayo, el Rosedal Princesa Grace de Monaco, se transforma en un mágico mundo de perfumes, una escuela de fragancia, un lugar para revivir tiempos lejanos, y observar, día tras día, la transformación de más de 400 variedades de rosas. Un calidoscopio de formas, colores y perfumes en continua mutación.

Caso raro en la naturaleza, como para ciertas flores de Proteaceae que he encontrado en Australia y Sudáfrica. Las rosas cambian de aspecto al envejecer.

El color de los pétalos nacen verdaderamente de una alquimia compleja.

Si los observamos en el microscopio aparecen formado por tres estratos: las células coloreadas de lado superior, de forma cónica, que dan un aspecto aterciopelado, las células coloreadas, planas, de la parte inferior, que a menudo crean reflejos plateados, y en el medio una zona sin pigmentos, con minúsculos sacos de aire, hechos expresamente para enfatizar las tintas con una iridiscencia carnosa.

Colorantes hay muchos, divididos en dos grupos: aquellos solubles en agua, llamados antocianinas que alojan en las vacuolas de las células, y cambian de color con la variación del pH, y aquellos liposolubles, que se sueltan solo en las sustancias grasas, y quedan fuera de las vacuolas, en adecuados órganos llamados cromoplastos.

El color final, los matices de los pétalos, nacen de la combinación, a veces opuesta, de estos componentes.

Así en el tiempo, cambiando el pH de los pétalos, una flor blanca puede transformarse en casi roja. Y muchos pétalos muestran un elegante contraste de color en el ápice, un borde pequeño más o menos esfumado, sólo porque estas partes han nacido primero, y madurando han perdido antes que las demás, su acidez.

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Campo de rosas © Giuseppe Mazza

Para complicar la cosa, las páginas superior e inferior de los pétalos, pueden tener colorantes distintos, como en muchas rosas modernas, con un lado por ejemplo rosa y el otro amarillo. Mutaciones de colores que pueden tomar a todo el pétalo o sólo algunas zonas, para la alegría de los pintores impresionistas, a quienes han sido dedicadas varias rosas transgresivas.

¿Y la rosa azul?

En la naturaleza no existe, porque la rosa no posee la delfinidina, el pigmento presente por ejemplo en los Delphinium y en las petunias, que origina el azul en el mundo de las flores.

En siglos de cruzamientos entre rosas, se ha logrado como máximo enfatizar ciertos matices malva, y si queremos una rosa azul, en necesarios recorrer otros caminos.

La Suntory Company, en Japón ha introducido con manipulaciones genéticas la delfinidina de las petunias, y de otras especies, en el patrimonio genético de una rosa blanca, que se ha puesto a fabricar pétalos lila, tendientes al rojizo, porque la vacuola que contiene este pigmento es naturalmente muy ácido.

Algo similar como lo que sucede, si bien el proceso es diverso, con las hortensias azules, cuando el suelo no es el específico, dan flores malva.

Para quien realmente se obstina, en Holanda se ha descubierto recientemente la proteína que controla el pH de las vacuolas de los pétalos, y por lo tanto posiblemente, en el futuro, se obtendrá la base necesaria para que el azul de estas rosas genéticamente modificadas se manifieste.

Por el contrario, las rosas negras ya existen. Por ejemplo la Black Baccara, tan rica de pigmentos rojo púrpura, que parece casi negra.

Pero se trata principalmente de variedades para cultivar en invernadero, para flor de corte, porque su colorante, el cianidolo, bajo los rayos solares, y a altas temperaturas, hace oscurecer los pétalos con un look en un primer tiempo agradable, pero luego desastroso, por el antiestético aspecto quemado.

 

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