Proteáceas sudafricanas: no temen a los incendios… al contrario

Flores vistosas nacen de las llamas. Se reproducen sólo cuando un incendio libera el terreno del tupido sustrato de hojas que sofoca las semillas. Las vistosas flores tienen a menudo un estilo tornasolado. Miles de variantes sobre la común estructura de la flor. Cómo cultivarlas.

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Traducción en español de Viviana Spedaletti

 

 

 

 

 

Las rosas, los claveles, los crisantemos y muchas otras flores serán gradualmente reemplazadas, hacia el 2.000, por un nuevo grupo de plantas: las proteáceas.

Aunque hoy pueda parecer imposible, será normal regalar bouquets de multicolores Leucospermum, Mimetes o Leucadendron y las vistosas Flores del rey (Protea cynaroides) entrarán comúnmente en nuestras casas.

El Prof. John Patrick Rourke, eminente taxónomo del jardín botánico de Kirstenbosch, en Sudáfrica, autor del más prestigioso libro sobre las proteas, no tiene dudas de ello.

Es muy excitante, me explica, estudiar un grupo de plantas en las que existen, aún hoy, unas especies no descriptas (ya ha clasificado 15 de ellas) y vivir en nuestra época, en primera persona, la misma experiencia de domesticación que los hombres han hecho, hace miles de años, por ejemplo, con las rosas y los olivos.

Es una aventura reciente, máximo de los últimos 15 años: antes se limitaba a cultivar alguna forma botánica, pero hoy la industria de la flor cortada y la creciente demanda de proteáceas para los jardines, ha promovido la selección de cultivar de florecimiento prolongado, más resistentes, con flores siempre más bellas y vistosas. Se buscan híbridos espectaculares también con las especies australianas.

El Sr. Steenkamp, gerente del PROTEA HEIGHTS de Stellenbosch, un centro para la comercialización de estas plantas, me muestra con orgullo una moderna celda frigorífica, llena de cajas. En cada una de ellas hay 50 flores de Leucospermum, bien embaladas.

Pasado mañana, me dice, estarán en la vidriera de un florista holandés y vivirán, cortadas, por lo menos dos semanas. Ninguna otra flor puede hacer lo mismo. Cada año exportamos casi 400.000 de ellas, sobre todo hacia los Estados Unidos y Europa del Norte, y tenemos dificultad en satisfacer los pedidos.

El período normal de floración de los Leucospermum y de las Protea cynaroides va de agosto a diciembre, pero con la hibridación y técnicas especiales de cultivo, logramos tener una producción, casi ininterrumpida, de agosto a marzo.

Lo bello de estas flores es que no solamente duran mucho, sino que envejecen bien, cambiando de aspecto en el tiempo, según un libreto preciso.

En la Novia ruborizada (Serruria florida), por ejemplo, los colores esfuman del blanco al rosado y los pinceles amarillos del Leucospermum mundi se tornan, madurando, rojos.

Aunque las formas evolucionan, a menudo a tal punto que, una semana después, es difícil reconocer la misma planta. Las flores del Leucospermum cordifolium se dirían ya perfectas, definitivas, antes de abrirse: los rojos estilos, replegados sobre sí mismos, dan a la inflorescencia un curioso, agradable aspecto de “Alfiletero”. Luego, partiendo desde el exterior, se abren lentamente, mostrando unos vistosos estigmas amarillos, y la flor aumenta de volumen mientras los periantos se enrollan, en la base, en preciosos rizos.

La Protea cynaroides cerrada parece un alcaucil, luego se abre prepotentemente, casi de repente, mostrando unas brácteas encendidas, similares a pétalos. Las verdaderas flores están aún todas cerradas, pegadas una sobre la otra, en el centro, en una estructura cónica. Se separarán sólo en los días posteriores, abriéndose en un ballet complejo en el cual los estilos antes se arquean, abrazados, en lo alto, por los periantos, y luego se liberan derechos, como muelles, en un mar de corolas que se desgarran progresivamente, en los lados, para mostrar las anteras.

¡No es casual que en el 1735 Linneo haya dedicado esta familia al dios griego del mimetismo; Proteo, capaz de cambiar forma a su gusto!

¿Pero por qué estas plantas están concentradas sobre todo en Sudáfrica y por qué no han sido ya introducidas en Europa?

Para una respuesta es necesario remontarse a casi 300.000.000 de años, cuando las tierras emergidas formaban aún una sola corteza. Con las primeras plantas de flor aparecieron, en el hemisferio sur, los antecesores de las proteas.

Luego África se separó de Sudamérica y de Australia, y en estos tres continentes las proteáceas tuvieron una evolución muy diferente. En las atormentadas montañas de Sudáfrica, al reparo de dos océanos, entre el desierto y el mar, se formaron una infinidad de microclimas y de nichos ecológicos, bien separados, que determinaron una diversificación botánica sin precedentes.

Ningún estupor entonces si hoy en una franja de apenas 1.000 km, entre Clanwilliam y Grahamstown, encontramos más de 300 proteáceas endémicas. Se han adaptado a los ambientes más dispares, desde las nieblas, a más de 2.000 m de altura, a las dunas arenosas, a lo largo de las costas, con increíbles variantes en la común estructura de las flores. Éstas, pequeñas y tubulares, están reunidas en inflorescencias, y tienen un perianto formado por cuatro segmentos (a veces unidos) que tienen, cada uno, una antera.

Pero el efecto de conjunto, lo que nos hace exclamar “bella”, está dado, generalmente, por las muy coloridas brácteas y por los estilos. La realidad supera a menudo la fantasía en formas que recuerdan rosas (Orothamnus zeyheri), cardos (Protea), piñas o margaritas (Leucadendron) y fuegos artificiales (Leucospermum).

Ciertas flores, como las Mimetes, son tan lejanas a nuestros esquemas que nos parecen totalmente irreales.

Entre 1780 y 1820, me explica siempre el Prof. John Patrick Rourke, casi todas estas especies eran cultivadas en Europa. Algunos ejemplares llegaron a Holanda e Inglaterra ya antes del 1700, pero se trataba por lo general de flores secas o semillas: en aquellos tiempos los barcos empleaban meses para dar la vuelta a África, las provisiones de agua eran limitadas y ni siquiera se podía pensar en transportar plantas en maceta.

Luego, durante el reino de Jorge III (1760-1820), sobre todo por mérito del famoso Royal Botanic Gardens de Kew, las proteáceas fueron introducidas con éxito también en Francia, Alemania, Italia y hasta en Rusia. En San Sebastián, cerca de Turín, por ejemplo, el marqués de Spigno tenía una colección muy rica.

¿Pero entonces, pregunto con curiosidad, qué fue de todas estas plantas?

El fin de las proteas, continúa, está relacionado a la llegada a Europa de las orquídeas y de las otras plantas exóticas.

Antes los invernaderos no estaban caldeados, al máximo se introducía aire caliente y seco a través de chimeneas. Luego, con la revolución industrial y la moda de las orquídeas, cambiaron los criterios de construcción: los invernaderos, ricos de calderas, debían ser muy cálidos y húmedos, según las nuevas exigencias de cultivos.

Las proteáceas, que necesitan aire seco y un período de reposo invernal, con bajas temperaturas, murieron todas rápidamente.

Por lo cual, concluyo, se podrían reintroducir con éxito en Italia.

Cierto, especialmente en la isla de Elba o en Cerdeña donde el suelo es ácido y el clima favorable. Se necesitan en efecto temperaturas mínimas invernales de 10 ºC, riegos abundantes hacia el final del invierno y suelos relativamente pobres de fosfatos y potasio, con un PH comprendido entre 4 y 6. En Milán podría andar bien un invernadero poco caldeado, bastante seco, y un suelo acidificado con arena cuarcífera.

Las plantas de los géneros Aulax y Leucadendron son dioicas, es decir que tienen solamente flores masculinas o femeninas, y para reproducirlas sería necesario entonces albergar ejemplares de los dos sexos.

Todas las proteáceas se propagan fácilmente también por esquejes. En la naturaleza, para completar su ciclo vital, parece que algunas especies necesiten justamente fuego. Las hojas, compactas y coriáceas, se acumulan en el suelo tan rápidamente que no se alcanzan a descomponer: forman un compacto estrato aislante e impiden a las semillas germinar.

Así, en una reserva en la cual se habían evitado cuidadosamente los incendios por 50 años, muchas proteas no lograban reproducirse y las viejas plantas, leñosas y con pocas flores, parecían sofocadas por maleza y cúmulos de hojas muertas.

Se decidió entonces dividir la reserva en zonas, para incendiar, una después de la otra, según un preciso programa.

Los resultados fueron sorprendentes: la primavera siguiente, sobre las ramas quemadas, las proteas florecieron de las cenizas más exuberantes que nunca.

En la región del Cabo en verano raramente llueve y el “fynbos”, la asociación vegetal que las alberga, similar a nuestra “mancha”, es extremamente inflamable. Cada tanto estalla un incendio y, en milenios de evolución, las proteáceas han aprendido a aprovecharlo en su favor para liberarse, periódicamente, de las especies contrincantes.

Y entonces también gracias a las llamas si, desde la prehistoria, estas flores han llegado así numerosas hasta nosotros, para alegrar las casas del 2.000 con su insólita belleza.

© Giuseppe Mazza

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