Spheniscurs demersus: los pingüinos que viven en el calor

Los pingüinos que habitan en zonas calurosas. ¿Quien dijo que solo gustan del hielo? Para desmentir la pregunta anterior estos pingüinos viven en Sudáfrica.

 

 

Traducción en español de Silvia Milanese

 

 

Desde debajo de una roca un pingüino me mira sacudiendo la cabeza. A su lado dos pequeños polluelos recubiertso por suaves plumitas ven por primera vez un hombre.

Me encuentro en Saldanha, una reserva de aproximadamente 150 km al Norte de la Ciudad del Cabo, en la Republica Sudafricana, donde conviven: pingüinos, cazadores de ostras, cormoranes y otros pájaros de hábitos marinos. Hablar en particular de la existencia de pingüinos en Sudáfrica puede sorprender, y sin embargo, es la realidad: estas aves viven en una zona de calor. Y es para “verificarlo personalmente” que me he llegado a la reserva.

Es necesario solicitar el premiso correspondiente al Ministerio de Marina de Sudáfrica, y finalmente tengo un pasaporte con una validez de 24 horas y la dirección de la oficina de Saldanha en la que me debo presentar. Allí me dicen que en la vuelta de exploración dentro de la reserva estaré escoltado por un oficial de la marina. Me lo presentan, pero mi acompañante comprende rápidamente que soy una persona respetuosa de la naturaleza, que puede confiar en mí, y luego de haberme acompañado a la entrada del oasis, me saluda y me deja la llave, para luego entregarla nuevamente en la oficina.

Entro a la reserva en auto. A lo largo de la costa del océano se extiende una playa arenosa y gigantescas margaritas amarillas se esparcen por doquier, son las llamadas Gazania que son originarias del lugar y que entre nosotros se transformó en una planta de jardín.

Superado el primer obstáculo me encuentro con un segundo, aproximadamente un kilómetro más adelante: una gran muralla y un portón, entonces dejo el vehículo y continúo caminando.

De repente la vegetación cambia. Desaparecen las margaritas amarillas y observo extrañas hierbas y arbustos llenos de cormoranes negros con sus ojos rojos y sus llamativos copetes sobre las cabezas. Permiten que me acerque sin manifestar temor. Es casi noviembre, algunos están empollando, otros, en cambio, tienen los pichones en el nido.

Arriba, en el cielo, vuelos las gaviotas. Finalmente, en la base de una torre de observación enganchada a una roca, encuentro a los primeros pingüinos. Se me acercan lentamente, sin movimientos bruscos, no huyen y casi puedo tocarlos.

Sigo más adelante y las hierbas y arbustos desaparecen; me encuentro frente a un panorama fascinante y selvático hecho de enormes masas rocosas oscuras, moldeadas por gigantes olas. Es el reino de los pingüinos del Cabo o pingüinos sudafricanos o Spheniscus demersus. En el aire una suave llovizna de espuma del mar que penetra hasta los pulmones produce un extraño efecto excitante.

Me quedo inmóvil, sin poder reaccionar incapaz inclusive para tomar fotografías, me siento paralizado por la belleza de éste escenario absolutamente diferente. Delante de mi, algunos pingüinos me observan desde debajo de las piedras.

Me aproximo a una cueva. Adentro un pingüino gira rítmicamente la cabeza a derecha y a izquierda en una especie de “danza ritual”.

En su lenguaje mímico es una expresión característica que significa, mas o menos: “tengo miedo y quisiera huir, pero me quedo para defender mi casa”. Si fijase sus ojos querría decir: “me preparo a atacar”. Si miran de lado, con la cabeza ligeramente gacha, significaría: “estoy indeciso”.

Me alejo más o menos un metro y el pingüino inmediatamente se calma. Me siento sobre un montículo de rocas y espero. La curiosidad los vence y de a poco van saliendo de sus cuevas. Los adultos se saludan refregándose el cuello y el pico; los pequeños, están inmóviles en el umbral de la casa, esperando que regresen sus padres que fueron de pesca. Parecen jóvenes búhos, cubiertos por un suave plumaje el que conservarán aún en el estado adulto debajo de las plumas definitivas.

En el período de verano en Saldanha se puede llegar a los 42 °C, pero el invierno es más bien templado con una temperatura media de alrededor de los 15 °C. El mas está siempre más bien frío, y la doble cobertura de plumas resulta sumamente útil para la inmersión, especialmente durante el invierno, cuando la temperatura del agua desciende hasta los 9 °C y en las partes mas anchas en plena corriente de Benguela la temperatura llega a los 4 °C o 5 °C.

Estudios recientes han demostrado que los pingüinos más que aguas heladas, necesitan mares de temperatura constante con variaciones anuales inferiores a los 5 °C. Esta condición se encuentra en el mar Antártico donde el agua está siempre vecina al punto de congelación, y en la gran corriente de Benguela, donde los pingüinos siguen festivamente los grandes cardúmenes de anchoas, arenques y calamares. Bajo el agua los pingüinos son increíblemente veloces, alcanzando los 20 a 33 km por hora y alcanzan, con apenas de 2 a 3 minutos los 30 metros de profundidad.

En los grandes períodos reproductivos, lo que sucede en general entre los meses de febrero a marzo y de septiembre a octubre, 100.000 pingüinos del Cabo devoran en seis meses aproximadamente 7.000 toneladas de pescado, con una cantidad media para cada individuo de casi medio kilo al día.

Las hembras ponen 2 huevos verdosos, excepcionalmente 3 o 4, en nidos cavados en la arena y debajo de las piedras. Entre los dos progenitores se turnan para incubar por aproximadamente un mes y los recién nacidos son alimentados con comida regurgitada.

En Saldanha encuentro centenares de parejas, pero más al sur, fuera de la isla de Dassen, me encuentro con una gigantesca colonia de pingüinos que han hecho allí sus nidos, son alrededor de 60.000 individuos lo que significa casi los 2/3 de los efectivos de la especie.

Los otros viven en la isla de Dyer y en 14 islotes distribuidos en un área de aproximadamente 1.500 kilómetros, afuera de las costas meridional y sub occidental de África.

En los últimos 80 años la cantidad se ha reducido drásticamente. En el año 1906 el zoólogo William Plane Pycraft escribía que en la isla de Dassen vivían 9.000.000 de pingüinos y en el año 1920 otro naturalista, Cherry Kearton, relevaba 5.000.000. Luego en los inicios del siglo veinte, y en una estimación realizada en base a fotografías de la época, resulta con certeza que había por lo menos 1.500.000 ejemplares, contra los 60.000 de la actualidad.

Además de las orcas, los tiburones y las gaviotas que atacan los nidos, los pingüinos del Cabo no tienen enemigos en el mundo animal, y el inquietante descenso numérico depende entonces solo del hombre. Los huevos son más sabrosos que los de las gallinas, y entre el año 1917 y el 1927 se recogían a un ritmo de 500.000 por año.

Desde no hace mucho tiempo rige una ley que ha puesto fin a ésta depredación por parte del hombre; pero aún hoy Sudáfrica hace todo lo posible para proteger la especie, muchísimos y serios peligros amenazan la existencia de estas aves.

La moderna industria pesquera reduce drásticamente la disponibilidad alimenticia, además el cierre del Canal de Suez hace que aproximadamente 750 petroleros por mes doblen el Cabo de Buena Esperanza. Con el pasar del tiempo se han ido produciendo pequeñas fugas de petróleo, hasta que finalmente en abril del año 1968, la catástrofe ecológica: la rotura del casco de un petrolero permitió la salida de 4.000 toneladas de petróleo crudo.

En Europa, casi nadie habla del tema, pero significó la muerte de por los menos 19.000 pingüinos de Ciudad del Cabo.

© Giuseppe Mazza

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