Leones blancos: descubiertos en Sudáfrica, no son albinos

Entrevista a Chris McBride, autor de un famoso best-seller sobre la tutela de los leones blancos sudafricanos. En los zoológicos de Pretoria y Johannesburgo, atendiendo a las leyes de la genética, se obtuvieron apareamientos que garantizan que la raza de los blancos felinos sobrevivirá.

 

 

Traducción en español de Silvia Milanese

 

 

Me encuentro en Melmoth, 70 km al noroeste de Ricards Bau, en Natal, y tengo delante de mí a Chris McBride, autor del famoso libro LOS BLANCOS LEONES DE TIMBAVATI.

Mientras la esposa, Charlotte, le reniega dulcemente por haberme ofrecido el té en los pocillos de todos los días, le pregunto que fue desde diez años atrás de Temba, Tombi e Phuma, los leoncitos blancos de su historia.

Cada vez que pienso en Timbavati, me responde, se me llenan los ojos de lágrimas. Con Charlotte decidimos abandonar la reserva, no nos gustaba andar haciéndonos los gentiles con los turistas, y la nueva gestión, para hacer dinero, abatió muchos animales, luego la sequía de los últimos años hicieron el resto y hoy de los leones y de aquellos grandes rebaños de animales herbívoros queda muy poco.

Temba, el macho al que habíamos dado el nombre de zulú, que significa “esperanza”, tiene 11 años y vive en un gran espacio en el zoológico de Pretoria y su hermana Tombi, murió en el mismo zoológico de un tumor mientras estaba preñada. Phuma, la hembra de la que estoy hablando, al final del libro, ya es adulta, pero fue muerta por un cazador en circunstancia no muy claras.

Fue, sobre todo por esto, pensando en la supervivencia que decidí ubicar a mis leones en un zoológico, pero hoy, no creo que lo volvería a hacer

Hablamos de la supuesta felicidad o infelicidad de los animales en cautiverio y le pregunto si en medio de la naturaleza, prescindiendo de la presencia del hombre, un león blanco podría haber subsistido.

El ejemplar blanco, continúa diciendo McBride, no sería, probablemente, habilidoso siendo un animal que caza a sus presas por sorpresa, pero es necesario distinguir entre machos y hembras.

Las hembras no corren el riesgo de padecer hambre debido a que viven insertas en rebaños con más ejemplares que se ocupan de la caza, cada uno a su turno.

Diferente es el caso de los machos que cuando se transforman en adultos, frecuentemente son expulsados del grupo y deben procurarse la comida. Para éstos, quizás el pelaje blanco conlleva sus problemas, pero no se puede decir con certeza, ya que, hasta ahora, ningún león blanco ha vivido fuera de un grupo de pares.

Me explica que, en Bophuthatswana, ha vigilado durante tres años, a dos grupos de leones para preparar un nuevo libro referido a las técnicas de caza, lamentablemente fue rechazado por ocho editores.

Descubrió que usan muchas estrategias, dependiendo éstas del tipo de presa a cazar y, sobre todo según la edad y el estado de salud del cazador.

Cada león, me dice, tiene su táctica favorita y también los machos solitarios son óptimos cazadores y cuentan con muchos recursos.

Sobre todo atacan de noche, cuando son menos evidentes y más veloces. Si la temperatura es baja, gastan menos energía y se sienten con mayor habilidad para el ataque realizando carreras cortas y muy veloces. Con la increíble astucia que le es propia podrían hasta desestimar los inconvenientes provocados por su pelaje blanco.

De esta misma opinión es el Dr. Van Aarde, un estudioso de las mutaciones de los colores en los felinos. Lo he encontrado en Pretoria y se explayó en explicaciones, por ejemplo me recordó que muchos herbívoros no perciben el color del mismo modo que nosotros.

Según él, una presa que ve el mundo en blanco y negro, la presencia de un león blanco, hasta sucio de tierra, no debería ser muy diferente de los leones de color pardusco.

Me aconseja entrevistar al Dr. Butch Smuts, la máxima autoridad sudafricana en este tema, y que recientemente ha publicado un artículo sobre los leones blancos.

Voy a la búsqueda de Buch Smuts, quien en su oficina, y entre una llamada telefónica y otra, me explica que no es que estos leones sean albinos, los albinos tienen el pelo perfectamente blanco, los ojos rojos y son extremadamente sensibles a la luz, se debe en realidad a una mutación entre el albinismo y el color normal que aparentemente solo se manifiesta en el color de la piel.

Esta mutación, llamada en los ambientes científicos “chinchilla mutation”, es debida a un gen recesivo, que es el mismo responsable de los tigres blancos de Rewa, que produce una drástica reducción de los pigmentos.

Los ojos, los labios, el hocico y los párpados aparecen coloreados normalmente, pero el pelo, por lo menos en los ejemplares jóvenes, es totalmente blanco.

Luego en los adultos con el pasar del tiempo, el pelo tiende a cambiar a un color amarillento o marrón sepia, pero un león “chinchilla”, siendo viejo se distinguirá siempre de un león normal.

Si es un gen recesivo –lo interrumpo- significa que ¿para hacerse evidente deben ser portadores ambos padres?

Exacto, me responde, es una combinación sumamente extraña en el mundo de la naturaleza.

En los últimos 27 años en el Kruger National Park y en la Timbavati Private Nauture Reserve se han avistado 14 cachorros blancos, pero la mortalidad infantil de leones es muy alta (50% en los primeros seis meses de vida y el 80% en los primeros dos años) y por lo tanto, la probabilidad de que dos leones blancos, o normales con genes recesivos “chinchilla”, puedan aparearse es remota.

Me dicen que en Timbavati hay una leona blanca, que es prácticamente imposible de encontrar, y que recientemente habría tenido tres cachorros normales.

Encontrarse con animales de éstas características es teóricamente posible todos los días en la zona centro meridional del Kruger, donde este extravagante gen blanco está hoy presente en al menos cuatro rebaños de leones, pero los únicos lugares en lo cuales es casi seguro de verlos y observarlos es en los zoológicos de Pretoria y de Johannesburgo.

Dije “casi seguro” porque en el zoológico de Pretoria, Temba, habita un lugar tan amplio y llenos de árboles y arbustos que no es siempre fácil distinguirlo. Han reconstruido perfectamente el tipo de matorrales de su lugar de origen y muchas fotos de leones blancos “en la naturaleza” han sido tomadas aquí. Normalmente reposa tranquilamente tirado en la parte alta del recinto, lejos de las miradas indiscretas, pero el día de mi visita, quizás debido a aquel sexto sentido que frecuentemente tienen los animales, me estaba esperando.

Ni tan siquiera los custodios lo habían visto alguna vez así, tan bien: de pie sobre el límite de los matorrales, a contraluz, en toda su virilidad. Nos observaba inmóvil. Mi querido 800 mm, de un metro de largo y colocado sobre su acostumbrado trípode, le despertaba curiosidad o quizás, le recordaba a otros aparatos similares delante de los cuales él ya había posado de muy pequeño para el libro de McBride.

Si hubiese estado en libertad, en su hábitat natural, probablemente ya estaría muerto, me dice Willie Labuschagne, director del zoológico, “aquí no le falta nada, está bien alimentado y superará sin dificultades los 20 años”.

Personalmente estoy en clara oposición a exponer las monstruosidades o los fenómenos que se producen en las cruzan experimentales entre un león y una tigresa o un pollo con dos cabezas, pero si el deber del zoológico es mostrar la diversidad taxonómica, un león blanco, extraño pero posible en la naturaleza, podría entrar en el aspecto de la exposición para su conocimiento.

Además, para el público, los leones blancos son el ejemplo viviente de las leyes de Mendel.

Así, me explica, que han apareado a Temba con una leona de pigmentos normales, obteniendo el 100% de leones con genes blancos recesivos y que ahora, cruzándolo con una hija, se espera por lo menos un 50% de leones blancos. Si pudiesen tener en carácter de préstamo a Bella o a Roxelle, las leonas blancas nacidas en el zoológico de Johannesburgo, las probabilidades de tener cachorros blancos aumentarían al 100%.

Pero nosotros, me dice Roy Wilkenson, el dinámico Curador del zoológico de Johannesburgo, por el momento no estamos interesados en esto porque tenemos el primer rebaño de leones blancos en el mundo.

Más tarde me cuenta una larga historia, casi una fábula científica que se produjo en un accidente de caza con una increíble dosis de buena suerte.

En el año 1977, continúa, nos trajeron un león, aparentemente común, herido por las municiones de un cazador. Lo operamos y considerando que su origen era de un rebaño de Timbavati lo llamamos Timba. Para algunos era el hermano de Phuma, una de las leonas de McBride.

La finalidad de nuestro zoológico es la conservación, la educación y la investigación científica y entendiendo que la producción “artificial” de leones blancos entraba en estos esquemas, con la esperanza de que Timba trajese el gen blanco recesivo, lo apareamos con una leona normal.

No nos ilusionamos con que en la primera generación tendríamos leones blancos, pero en la segunda, si Timba poseía el gen “chinchilla” siguiendo las leyes de Mendel deberíamos tener el 25% de posibilidades.

Y así fue que nacieron dos hembritas blancas: Bella, en el año 1982 y Roxelle en el año 1984.

En la tercera generación, cruzando Bella con Timba las probabilidades de tener algunos descendientes blancos eran del 50%, pero, continúa sonriendo, hemos sido muy afortunados, ya que en el mes de enero de éste año tuvimos tres machos blancos: Rex, Simba y Chips.

El primero murió a causa de una enfermedad viral, pero los otros dos, fueron criados con un biberón porque eran rechazados por la madre, pero obviamente ya están fuera de peligro.

Por lo tanto, -concluyo- apareando Simba o Chips con Bella o Roxelle tenéis el 100% de probabilidades de obtener cachorros blancos...

Por cierto, y esto nos permitirá realizar intercambios ventajosos con otros zoológicos y financiar importantes proyectos de investigación científica y protección de las especies en peligro.

Un león normal, agrega Denise Woods, la muchacha del South African Tourism Board que organizó la entrevista, cuesta 300 rands y un cachorro blanco alrededor de 500.000 rands, lo que hace una suma de 150.000 euros.

Luego, finalmente, me acompañan al sector que ocupan Simba y Chips, un espacio bastante amplio para dos cachorros, con algún arbolito y un viejo tronco, donde, desde hace seis meses son alimentados en público, delante a la gran cantidad de visitantes.

Ya se han habituado a la carne y hoy es el último día que toman el biberón. Antes de entrar, me explican que podría ser peligroso: soy una novedad para ellos y la presencia de mi cámara fotográfica despertaría aún más su curiosidad y serían capaces de destruirla en cuestión de pocos segundos.

Chris Hannocks, uno de los guardianes, me aconseja por esa razón de dejar los aparatos y entrar primero, con Bárbara, mi asistente, solo para hacernos conocer.

Apenas sintieron el ruido del candado que se cerró a nuestras espaldas, los cachorros corrieron a nuestro encuentro.

Chris Hannocks los abraza, como si fuese una leona, rueda al suelo y, sangrando de una oreja, nos pregunta: “¿qué esperan para acariciarlos?” Mientras Bárbara se recupera de un afectuoso manotazo que por cierto le dejará una marca azul por varios días, yo intento en vano de quitarme a Simba del brazo. Ya destruyó mi gorra y me está mordisqueando la camisa.

Me gritan que lo aleje con golpes de la mano, o de los pies, sobre la cabeza y de hacerme respetar a patadas si es necesario, según el estilo de los leones.

De éste modo, luego de un rato, me dejan en paz, pero también en los días siguientes, cuando tomaba las fotografías, no me dejaban del todo tranquilo si no los veía a los dos por el visor.

Mientras fotografiaba a uno de ellos, el otro me caía encima de la espalda feliz como un niño por haberme hecho una jugarreta.

Otra curiosidad que si se quiere viene al caso pero que en este caso no tiene nada que ver con los leones sino con sus presas favoritas: las gacelas.

En un pequeño zoológico cerca de Durban, un impala blanco, no albino, ha traído al mundo recientemente, un impala hembra blanca como la nieve. Van todos a verla y tampoco tiene los ojos rojos. Se tratará también en este caso de una “chinchilla mutation?”.

© Giuseppe Mazza

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